lunes, 5 de abril de 2010

Final de "Siempre había tenido frío"


Hace bastante tiempo escribí que mis personajes habían decidido revelarse y obtener el triunfo en nuestra batalla por la felicidad. Su felicidad. Yo, como escritora, duermo tranquila sabiendo que están mal, que están bien, que se han quedado en medio de una discusión a muerte, a mí, me da lo mismo. Ellos igual se pasan medio año llorando en la ducha o ingresados en un hospital, o viven sin nombre en medio de un dramón en el que se quema una casa por venganza.

Pero tengo que admitir que uno de ellos me ha dado pena. Llevo ya un tiempo fermentando la idea de cómo sacarla de su situación, de curarle las heridas y que aprenda a levantarse. Seré cruel como escritora, pero soy piadosa no muy en el fondo. Por falta de tiempo o de orden en las palabras, me ha llevado un tiempo tomar esta decisión sobre papel. Será por que a veces es complicado darle un final fantástico a algo que fue real.

Julene, va por ti.

Final para "Siempre había tenido frío" o como se la conoce
"La chica que lloraba en la ducha".


‹Y lloraba, y lloraba más, con esos pequeños sollozos que son gritos en miniatura, imitando lo que tuvo y ya no tenía, y no podía seguir fingiendo, tenía mucho frío, muchísimo, creía que se iba a morir, no sabía si de soledad o por que estaba en carne viva…›

Lloraba poco a poco, estallando con la energía que dosificaba para poder seguir sollozando, soltando el agua que nunca recuperaba. Y así se le iban secando las carnes, y la sal de sus lágrimas dibujaba bocetos en sus brazos recubiertos de escamas. Sin pausa y sin pensar, hasta que como cuando llueve, cayó la última gota de su lacrimal, la que no esperaba que cayese nunca. La última en su cuerpo y en su mente, la gota que consiguió arrancar de algún recuerdo del que tomaba la savia negra para seguir con sus lamentos. La gota que le llevó al desmayo y a la pérdida de consciencia en la pila de la ducha, con la alcachofa encendida y el único vestido que su propia sal le había hecho, parecido al de las sirenas.

Así fue como la encontró alguien que la quería mucho, alguien a quien solía acudir cuando encontraba el valor, o la pena no la acorralaba y la amenazaba si iba a llorarle a alguien al hombro. Esta mujer, mujer para sus adentros, abrió la puerta del baño y apagó el agua. La impaciencia es mala pimienta de cualquier guiso, así que con calma y conocimiento de causa, se remangó y la tomó en brazos en peso. Pesaba muy poco, sólo un 15% de su masa un día normal, al quedarse sin su agua, los casi tres cuartos, y sin la vida, que pesa igual que todos los órganos juntos.

En brazos y a pie, tomó a la chica hasta el mar. Ese mar mediterráneo que puede currarlo todo, donde cada verano dejamos nuestros males para que el calor los evapore y tomamos de prestado nuevas energías que luego eliminar sudando. Todo es agua. Agua que cuando ya se ha perdido la alegría, puede hacerla renacer, puede introducirse en los canales del alma y las carnes para inflarlas y animarlas, con la sal que le de sabor a todo lo que hacemos.

---Y esta es la primera de las razones por las que al despertar, la chica decidió levantarse todos los días mirando al mar. Y tomarse un café con ella, esta vez con azúcar.---

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