sábado, 9 de abril de 2011

La casa de los Del Valle

Cuando llegaron los vientos del sur toda la situación del pueblo se trastocó. El frío se apoderó del ganado, los árboles intentaron espantarlo pagando el precio de sus hojas y el trigo se volvió azul. A las ráfagas raras y el zumbido de los pájaros cambiando su rumbo se les unieron los gritos de los niños que no tenían cereales por las mañanas. Al principio no se pudo aprovechar el trigo por el insólito cyan que cogió, lo que les dejó sin pan. Luego fueron las vacas las que empezaron a enloquecer, su leche se volvió amarga y se peleaban entre ellas hasta arrancarse trozos de piel, y de carne, hasta morir como una plaga. De repente, en este pueblo de montaña, se vieron en la necesidad de echar mano de los víveres de los graneros, de cotizar la rebanada a precio de oro y matar a los conejos que guardaban para las fiestas. Los cerdos murieron de hambre, y los niños se quejaban en casa, no iban a clase porque les faltaban las fuerzas para andar hasta la escuela, y el párroco no tenia pan de hostia para las misas, ni vino ni espíritu.

En la casa de los del Valle, Ernesto del Valle, como antiguo carnicero y padre de familia, tomó la decisión de encontrar comida. Es muy fácil plantearse una búsqueda, pero no un encuentro. Esa mañana avisó a su familia de que tomaría medidas:
-“Antes terminar con la biblioteca que mi familia pase hambre”.

Fue a la estantería, cogió uno de los mejores libros de la biblioteca, un libro de poemas y fuerza, de guerra y furia, de amistad y dolor. Ernesto mantenía que si palabras tienen que entrar en sus entrañas y pegarse a las paredes de su estómago, quería que fuesen palabras de calidad. No quería que literatura cutre y pastosa le causase una indigestión a esas alturas, que con el mal de montaña y la falta de vitaminas, sólo lo empeoraría. Cogió el libro, lo empezó a deshojar y a meterlo en una cacerola con agua y sal, y lo poco de aceite que quedaba. Cuando se coció, nos lo puso en el plato, hojas disueltas, tintadas de azul, mezcladas con el tenedor del que se escurría, justo como las verduras de hoja grande.

“Con todo el hierro de estos poemas, hoy comeremos acelgas”.

domingo, 27 de marzo de 2011

La libreta.

Había veces que me apetecía escribir como solía hacer pero no me salía. Creo que la culpa la tienen las teclas del ordenador, que no cambian al tocarlas ni se inmutan al pulsarlas. Un bolígrafo o un lápiz sin embargo chillan o gimen a cada trazo o linea. Como al escribir mucho en poco tiempo, que la tinta agoniza en el cartucho y se intenta aferrar a las paredes plasticosas para no escapar nunca. O los últimos trozos de mina inútiles que están abocados a terminar en el suelo pintando el mármol o en la basura.

Pero las teclas eran como las personas frías, que aunque las zarandees nunca te responderán ni se saldrán de sus casillas. Ese tipo de personas que te crean aversión y sacan ira de donde no hay nada y plantan intranquilidad y nervio, que ponen histérico al más manso y te dan ganas de pegar, pero esa mansedumbre se contagia y la único imaginable es una escena como cuando pegas a alguien en un sueño, que se te ralentiza el brazo y lo que pretendía ser un golpe de muerte termina siendo como intentar zurrar a una nube. Tú histerizas y el otro ni se enteró.

Intentar pelearse con el teclado es exactamente igual. Va a esterilizar cada palabra hasta hacerlas un producto en serie.

Esta es una de las razones por las que me empecé a enganchar a las libretas. Todos empezamos con un diario ignorado, plagamos las tapas de los cuadernos y humanizamos las agendas con trazos a pie de página de nuestro foro interno. De formato A4 con lineas a la apertura vertical y rasgado fácil. A las Moleskine de gomita y “clack”.

Por eso me parece mágico lo que le sucedió a Iratxe en su viaje a Madrid. En realidad le pasó en Barcelona, pero no me acuerdo de los nombres de las calles ni de dónde sucedía cada cosa, sólo recuerdo que en algún momento paró en un café de cadena delante de un famoso edificio de Gaudí. Iratxe había decidido regalarse una escapada de Semana Santa a Madrid, cogió un albergue, su mochila y se fue a conocer arte y Latina, a andar entre gatos y estatuas hasta que le pasó lo que os iba a contar.

En una esquina de Lavapiés fue a encontrarse una Moleskine negra en el suelo. Normalmente, ni te pararías, pero estando de viaje los esquemas cambian y puedes permitirte la licencia de coger una libreta que no es tuya, meter el dedo por debajo del elástico y abrir las hojas un poco envejecidas de serie para cotillear.

No era una libreta agenda ni agenda de teléfonos ni libreta de memoria. Era una biblia de frases encontradas y perfiles de transeúntes. De edificios madrileños y transcripciones de conversaciones en el metro. De bocadillos y asteriscos, notas del autor y aclaraciones.

De principio a fin la libreta le llevaba por las calles de las Madrid y sus rincones. Le mostraba paso a paso por sus ojos y sus oídos los sentidos de los paseantes.

Iratxe cogió las hojas y las siguió una a una, recomponiendo su viaje y espíritu. A sabiendas de que le estaba llevando por una ciudad que no existía, hizo como si viese los elfos haciendo un circo en Colón, y los carruajes subiendo la plaza de Santa Bárbara para subir por Génova. Se imaginó con todas sus fuerzas que se dejaba caer desde la Azotea del círculo, o que sacaban al Metro de las entrañas de la tierra y lo ponían de tranvía derribando los edificios victorianos de los que colgaban candelabros y sombreros. Hizo como si viese una estampida de búfalos por el Retiro o a unos escaladores trepando la puerta de Carlos III para besar al ángel alto. O al pobre ángel caído poniéndose en una posición más cómoda.

Fue viendo historias cruzadas durante 27 páginas, y a la siguiente no quedaba más que un resumen de porqué hacía la libreta, de cómo su autor quería cambiar la urbe para humanizarla y quitarle el gris. Que no quería que el dolor que le había causado su corazón plagase todo.


Porque no hay dolor más grande que sentir un hueco en el pecho y la falta de pálpito en las venas.


Y ver cómo alguien sin darse cuenta pinta un mensaje de despedida en una pared, que ya es paredón, empleando tu corazón como pincel y tu sangre a tinta.


Así que de ti depende quitarme este mal sabor del pecho enseñándome una ciudad que pueda curar mi historia.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Dejándome cansada, siempre sola.

Escucho el golpetazo de la puerta,
los puntos suspensivos, los pasos,
el hielo que me cae por las mejillas,
el olvido que se vuelve más amargo.

Te vas como viniste, por la tarde.
Dejándome cansada, siempre sola,
esperando que cambiases, ¡pobre ilusa!
incrédula desgracia tu persona.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Poemas de desamor y de esperanza.

Te he abandonado con las manos abiertas
y la cabeza gacha.

Con la impotencia de no poder luchar
contra mi propio dilema
contra el miedo de tener que compartir
mi vida, mi tiempo y mis días.

Te dejo compartiendo las lágrimas
que caen por las alcantarillas
y los papeles rotos que mojan las palabras.

No voy a romper los recuerdos
ni las fotos
ni los sueños en los que estabas desnud@.

No voy a manchar mis manos
con el asesinato de lo cierto
ni me limpiaré las luciérnagas
que salen de mis ojos y bailan con la luna.

Brindaré con la muerte por el insomnio
y en las tardes te dejaré notas en los árboles,
para que cada vez que acudas a nuestro parque,
veas que el amor es eterno mientras dura.
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Me giraré por la calle si veo tu perfil
y no te encuentro.

Sacaré la cabeza de la bañera por si escucho tu timbrazo
en el silencio.

Haré café dulce para dos por la amargura que me causa
dormir sola.

Viajaré con la esperanza por pareja por si te encuentro
y me recuerdas.

martes, 16 de noviembre de 2010

Vacía los bolsillos

Literatura o sin ella, aquí está lo que le sucede a mucha gente a mi alrededor últimamente, ¿a ti también?

Es curioso ver cómo va cambiando nuestra propia percepción de la vida y de lo que merecen la pena los esfuerzos.
De pequeños todos queremos trabajos fantásticos, como astronauta, bailarina, actriz o cowboy. Luego poco a poco la madurez se va cerniendo sobre nosotros y nos pega una bofetada con la realidad, o sea, que nuestros padres nos dan una bofetada con la realidad, y de canto y en la sopa nos meten la idea de lo que queremos estudiar.

Entonces es cuando le preguntamos a nuestros yo de 14 años y vemos una generación de ingenieros estupendos, registradores que no saben qué es una oposición, arquitectos que no saben qué se hace en la carrera o economistas a los que le gustan las corbatas de colores y punto. Tampoco es que tenga que ser muy difícil hacer entrar en razón a un preadolescente o a un adolescente, puedes o bien decirle que no es tan difícil o presentárselo como un reto, como un hobby.

Pero con el paso por los últimos años de instituto algunos se dan cuenta de que la física se les da mal, o que sus manos tocan más el piano que firman papeles, o que se marean al ver sangre. Corren los agostos y un buen día están en la universidad, algunos pasan por clase además de ir a fiestas y otros no. La mayoría tiene una crisis de carrera dentro del primer año. Todo el mundo tiene una en algún momento. ¿Para qué estudio? ¿Quién ha decidido el que yo esté aquí?

Nuestra adolescencia gira entorno a los estudios. No existe el tiempo para pararnos a formar de manera consciente nuestra personalidad, así que plagiamos la de la gente que nos causa buena impresión o a la que aspiramos a parecernos algún día. Quien no tiene unos estudios no es nadie, se ve anulado por no tener datos en la cabeza. La cultura se adquiere, puedes tener una carrera y ser un zopenco (con perdón) que no es consciente de en qué mundo vive..

Y cuando llega la época de trabajar...
Todo explota. Tarde o temprano. No por trabajar, si no por que llega un momento en que le chillas al mundo ¡basta! e intentas mover la cabeza a tal velocidad que la harina de tu mente se tamice y veas quién eres y qué quieres. Me temo que no sabes ni siquiera cómo te llamas. Te suena algo cómo te llaman los demás, pero ya se sabe, de nada sirve rendirle cuentas a los demás si no te has enfrentado a ti mismo.

Ese temible día en el que descubres que no sabes por qué has llegado a trabajar en algo que no te gusta o tratar con un tipo de gente, ese día, empezarás a echarle la culpa al mundo. Sobretodo a tus padres. En una fila irán apareciendo las personas que te aconsejaron algo e irás recriminándoles sus palabras y sus intenciones. Habrá un momento en esa fila que aparezca tu imagen de niño. De adolescente de 14 años que decía que quería estudiar derecho. O de niña que quería estudiar lo que hacía su madre. No se libran. Se lo reprocharás todo, les insultarás, les dirás que por qué te dijeron nada, que por qué se dejaron influenciar, por qué no vieron que el mundo era más grande que la calle, que había más gente que la vista. Gritarás tanto tanto que llorarás de rabia, les llamarás tonta, y te darás cuenta de que ese chaval, sigues siendo tú. Que sigues sin hacer nada por cambiar lo que te sucede, sigues sin guiar tus pasos y sigues con criterios ajenos y brújulas extrañas.

Ahora vacía los bolsillos y echa a andar. ¿A dónde? Eso es cosa tuya.

lunes, 25 de octubre de 2010

De ballet y luciérnagas.

No me creo que hayas sido capaz de ver tal obra de arte sin que las lágrimas como luciérnagas verdes hayan eclosionado de tus ojos.

A lo largo y ancho del escenario barrían con su cuerpo los bailarines el aire, el suelo.
No había ángulo que se les escapase ni movimiento que no tuviese sentido.
No había locura fingida ni soledad sin acompañamiento, eran 22 y eran solo uno. Podían jugar como niños a reventarnos las mejillas con lo que había visto el maestro en el manicomio de su hermana. Y nosotros,
indefensos espectadores,
no podíamos hacer más que sorprendernos,
meditar sobre la lucidez y la locura, dos es una y vestida de negro.

No podíamos hacer más que criar luciérnagas
como pena dentro de nosotros
para dejarlas volar por dentro del auditorio.

Para cuando terminó la función los bailarines oian crujir las luciérnagas aplastadas bajo sus puntas. Ya no se escuchaba ni el revoloteo.

Despegué los labios y me guarde una en la boca para que aquel baile se quedase dentro de mí, de alguna manera.

- Tras el ballet de Víctor Ullate, Wonderland.-

viernes, 8 de octubre de 2010

No pienses: siente.

Si los filósofos hubiesen nacido en nuestro siglo ya no se preocuparían por el alma y por el cuerpo. Ya no se pasarían las noches en vela pensando en dónde están los dioses (tendrían Facebook, entre otras cosas).

Y es que me he dado cuenta de que ahora nos debatimos entre el querer y el pensar. Entre el corazón y la cabeza.
Nos empeñamos en no opinar por nosotros mismos, en dejarnos llevar por los pensamientos. ¿Cuántas veces nos han preguntado “qué piensas”?. Entonces nosotros cogíamos, exponíamos lo que creíamos querer de verdad, y dejábamos que todo, absolutamente todo, cambiase nuestra opinión. Rebozando el fruto de nuestro corazoncito en lo que piensa tu padre, tu sociedad, tu religión, las leyes de tu ciudad, el anuncio de la marquesina del bus…

Y lo mejor es que al final tenemos el coraje y la valentía de decir que el emparedado ese que tenemos en la cabeza, son nuestros pensamientos. Que son nuestros, ciertos, y de verdad. Que los defendemos y que ya están muy trabajados, que hemos meditado tantísimo en ellos que son ciertos para nosotros. Y un huevo.

Esas cosas que crees querer son una sarta de tonterías en la que han participado todos menos tú. Es una manera de escaquearse de tomar la dirección de nuestras propias vidas. No lo aceptamos, pero tenemos miedo a las decisiones, a hacer lo que queremos. Tenemos miedo a seguir nuestros sueños y deseos, no vaya a ser que se vuelvan realidad. Es una fobia que nos han machacado y metido entre la comida desde que somos pequeños, y bien que nos la hemos tragado.

Desde que tenemos consciencia de que existe el latín nos han dicho que “Carpe diem” por aquí y “Carpe diem” por allá. Y luego que “alea iacta est”. Por favor, decidíos. Vamos a decidirnos. Toda la vida diciéndonos que tenemos que vivir en el presente y sólo nos dejáis mirar el futuro, y no vivimos nunca. No vamos a poder volver a este momento dentro de 20 años, y sabemos perfectamente que vamos a querer. Que nos vamos a arrepentir de no haber hecho muchas cosas ahora. Tenemos que empezar a sacar como pañuelos de la manga los sentimientos y hacerles caso en el mismo momento. De forma espontánea, instantánea. Los sentimientos habitan en el corazón, en una coraza, no podemos llegar a ellos aunque intentemos magullarlos, por eso cuesta tanto encontrar la clave para abrir el de alguien. Cuesta años. Vidas. Por eso no mienten, pero se ocultan. Son sinceros, tan valiosos y transparentes que los ignoramos y no queremos soltarlos.

Vamos por la calle sin mirar a la gente a los ojos por si acaso nos atrevemos a sonreírles, a saludarles.

Hemos cambiado nuestra alma por el coche, el dinero, la carrera profesional estable, la persona que nos convenía y el momento indicado. ¿Y qué es lo que queríamos? Usar el arte como moneda de cambio, coger una mochila y ver mundo. Conocer a gente a golpe de café y reconvertir a todos los desconocidos. Sonreír a quien se lo merece, pasarnos las normas sociales no escritas por el forro, saltar sobre nuestro ritmo biológico. Poder sentir y dejar de pensar, que ya nos hemos calentado mucho la cabeza.

Mapi, 8 de Octubre 2010.