Pasado el mediodía, lo único que se escuchaba en el patio de vecinos era el tac tac tac de los cuchillos cortando rítmicamente alimentos para el almuerzo. Cuchillos largos, pequeños, dentados cortaban carnes magras, aguacates, cebolletas y berenjenas. Era un conversación de golpes sobre tablas de maderas y convención de niños que iban a preguntarle a sus madres que qué hacían.
Era sábado y la niña Ana fue a la cocina ante la hipnótica repetición, embobada por la peligrosidad de aquellas herramientas de asesinos y cocineros. Su madre era escritora, publicaba en algunos periódicos, freelance, blogs, charlas, pululaba por el curioso mundo de las editoriales y artículos de colaboración. Tenía cierta tendencia a insertar pequeños brillos mágicos a todas las anécdotas si es que no le convencía del todo la explicación real. Por eso, cuando su hija Ana empezaba su retahíla de ¿porqués mamá? su madre tenía que pensar qué explicación darle, como una lucha interna por contarle a su hija la verdad. Pero la verdad a veces no era ni la más justa, ni la más artística ni la más curiosa.
Para entender el “porqué mamá” de hoy había que retroceder al día anterior, intrépido flashback para alguien de 4 años, cuando volvían a casa después de pasar la tarde en casa de los abuelos. Su madre siempre iba despacio, sigilosa, un tanto insegura al volante. Le tenía demasiado respeto al asfalto y sus consecuencias. Aquella carretera entre el centro y los suburbios estaba plagada de baches, que hacían que a la niña se le subiese el estómago, que su yo se elevase por encima de su cuerpo, como un irse de sí momentáneo. Por eso le preguntó a su madre, que qué eran, baches hija, son baches, ¿y para qué mamá?, para que la gente vaya más despacio, ¿y porqué? porque a veces la gente va muy rápido y pueden tener un accidente, ¿y de qué los hacen?
-Un momento de dilema interno y da su respuesta.-
Los hacen de gente mala, dentro de lo que tú ves hay personas que han sido malas. ¿Los que hacen accidentes porque corren? A veces, también hay más gente. La mayoría de los que salen por la tele terminarán tarde o temprano siendo un bache en la carretera. ¿Y él? Sí hija, tu padre también es un bache. Yo no sé, no le conozco, pero seguro que sí.
jueves, 5 de mayo de 2011
lunes, 18 de abril de 2011
A Blanca.
Ahora que tus palabras son de adulto
y tus ideas están aun tiernas.
Ahora que las fronteras caen a tu paso
pisadas con andares de mujer, descalzos.
Ahora que tus curvas dominan el mundo
y tu mente precipita planes.
Ahora que tu conciencia suena a grillo
y el límite de tu concentración es rubio.
Ahora que el tiempo se frena a tus súplicas
y los días se continúan en las noches,
sin preguntas.
Ahora que parece ser que tú decides
y te toman en serio por una cifra,
ahora que tú puedes ser quien quieres,
es tu momento.
y tus ideas están aun tiernas.
Ahora que las fronteras caen a tu paso
pisadas con andares de mujer, descalzos.
Ahora que tus curvas dominan el mundo
y tu mente precipita planes.
Ahora que tu conciencia suena a grillo
y el límite de tu concentración es rubio.
Ahora que el tiempo se frena a tus súplicas
y los días se continúan en las noches,
sin preguntas.
Ahora que parece ser que tú decides
y te toman en serio por una cifra,
ahora que tú puedes ser quien quieres,
es tu momento.
sábado, 9 de abril de 2011
La casa de los Del Valle
Cuando llegaron los vientos del sur toda la situación del pueblo se trastocó. El frío se apoderó del ganado, los árboles intentaron espantarlo pagando el precio de sus hojas y el trigo se volvió azul. A las ráfagas raras y el zumbido de los pájaros cambiando su rumbo se les unieron los gritos de los niños que no tenían cereales por las mañanas. Al principio no se pudo aprovechar el trigo por el insólito cyan que cogió, lo que les dejó sin pan. Luego fueron las vacas las que empezaron a enloquecer, su leche se volvió amarga y se peleaban entre ellas hasta arrancarse trozos de piel, y de carne, hasta morir como una plaga. De repente, en este pueblo de montaña, se vieron en la necesidad de echar mano de los víveres de los graneros, de cotizar la rebanada a precio de oro y matar a los conejos que guardaban para las fiestas. Los cerdos murieron de hambre, y los niños se quejaban en casa, no iban a clase porque les faltaban las fuerzas para andar hasta la escuela, y el párroco no tenia pan de hostia para las misas, ni vino ni espíritu.
En la casa de los del Valle, Ernesto del Valle, como antiguo carnicero y padre de familia, tomó la decisión de encontrar comida. Es muy fácil plantearse una búsqueda, pero no un encuentro. Esa mañana avisó a su familia de que tomaría medidas:
-“Antes terminar con la biblioteca que mi familia pase hambre”.
Fue a la estantería, cogió uno de los mejores libros de la biblioteca, un libro de poemas y fuerza, de guerra y furia, de amistad y dolor. Ernesto mantenía que si palabras tienen que entrar en sus entrañas y pegarse a las paredes de su estómago, quería que fuesen palabras de calidad. No quería que literatura cutre y pastosa le causase una indigestión a esas alturas, que con el mal de montaña y la falta de vitaminas, sólo lo empeoraría. Cogió el libro, lo empezó a deshojar y a meterlo en una cacerola con agua y sal, y lo poco de aceite que quedaba. Cuando se coció, nos lo puso en el plato, hojas disueltas, tintadas de azul, mezcladas con el tenedor del que se escurría, justo como las verduras de hoja grande.
“Con todo el hierro de estos poemas, hoy comeremos acelgas”.
En la casa de los del Valle, Ernesto del Valle, como antiguo carnicero y padre de familia, tomó la decisión de encontrar comida. Es muy fácil plantearse una búsqueda, pero no un encuentro. Esa mañana avisó a su familia de que tomaría medidas:
-“Antes terminar con la biblioteca que mi familia pase hambre”.
Fue a la estantería, cogió uno de los mejores libros de la biblioteca, un libro de poemas y fuerza, de guerra y furia, de amistad y dolor. Ernesto mantenía que si palabras tienen que entrar en sus entrañas y pegarse a las paredes de su estómago, quería que fuesen palabras de calidad. No quería que literatura cutre y pastosa le causase una indigestión a esas alturas, que con el mal de montaña y la falta de vitaminas, sólo lo empeoraría. Cogió el libro, lo empezó a deshojar y a meterlo en una cacerola con agua y sal, y lo poco de aceite que quedaba. Cuando se coció, nos lo puso en el plato, hojas disueltas, tintadas de azul, mezcladas con el tenedor del que se escurría, justo como las verduras de hoja grande.
“Con todo el hierro de estos poemas, hoy comeremos acelgas”.
domingo, 27 de marzo de 2011
La libreta.
Había veces que me apetecía escribir como solía hacer pero no me salía. Creo que la culpa la tienen las teclas del ordenador, que no cambian al tocarlas ni se inmutan al pulsarlas. Un bolígrafo o un lápiz sin embargo chillan o gimen a cada trazo o linea. Como al escribir mucho en poco tiempo, que la tinta agoniza en el cartucho y se intenta aferrar a las paredes plasticosas para no escapar nunca. O los últimos trozos de mina inútiles que están abocados a terminar en el suelo pintando el mármol o en la basura.
Pero las teclas eran como las personas frías, que aunque las zarandees nunca te responderán ni se saldrán de sus casillas. Ese tipo de personas que te crean aversión y sacan ira de donde no hay nada y plantan intranquilidad y nervio, que ponen histérico al más manso y te dan ganas de pegar, pero esa mansedumbre se contagia y la único imaginable es una escena como cuando pegas a alguien en un sueño, que se te ralentiza el brazo y lo que pretendía ser un golpe de muerte termina siendo como intentar zurrar a una nube. Tú histerizas y el otro ni se enteró.
Intentar pelearse con el teclado es exactamente igual. Va a esterilizar cada palabra hasta hacerlas un producto en serie.
Esta es una de las razones por las que me empecé a enganchar a las libretas. Todos empezamos con un diario ignorado, plagamos las tapas de los cuadernos y humanizamos las agendas con trazos a pie de página de nuestro foro interno. De formato A4 con lineas a la apertura vertical y rasgado fácil. A las Moleskine de gomita y “clack”.
Por eso me parece mágico lo que le sucedió a Iratxe en su viaje a Madrid. En realidad le pasó en Barcelona, pero no me acuerdo de los nombres de las calles ni de dónde sucedía cada cosa, sólo recuerdo que en algún momento paró en un café de cadena delante de un famoso edificio de Gaudí. Iratxe había decidido regalarse una escapada de Semana Santa a Madrid, cogió un albergue, su mochila y se fue a conocer arte y Latina, a andar entre gatos y estatuas hasta que le pasó lo que os iba a contar.
En una esquina de Lavapiés fue a encontrarse una Moleskine negra en el suelo. Normalmente, ni te pararías, pero estando de viaje los esquemas cambian y puedes permitirte la licencia de coger una libreta que no es tuya, meter el dedo por debajo del elástico y abrir las hojas un poco envejecidas de serie para cotillear.
No era una libreta agenda ni agenda de teléfonos ni libreta de memoria. Era una biblia de frases encontradas y perfiles de transeúntes. De edificios madrileños y transcripciones de conversaciones en el metro. De bocadillos y asteriscos, notas del autor y aclaraciones.
De principio a fin la libreta le llevaba por las calles de las Madrid y sus rincones. Le mostraba paso a paso por sus ojos y sus oídos los sentidos de los paseantes.
Iratxe cogió las hojas y las siguió una a una, recomponiendo su viaje y espíritu. A sabiendas de que le estaba llevando por una ciudad que no existía, hizo como si viese los elfos haciendo un circo en Colón, y los carruajes subiendo la plaza de Santa Bárbara para subir por Génova. Se imaginó con todas sus fuerzas que se dejaba caer desde la Azotea del círculo, o que sacaban al Metro de las entrañas de la tierra y lo ponían de tranvía derribando los edificios victorianos de los que colgaban candelabros y sombreros. Hizo como si viese una estampida de búfalos por el Retiro o a unos escaladores trepando la puerta de Carlos III para besar al ángel alto. O al pobre ángel caído poniéndose en una posición más cómoda.
Fue viendo historias cruzadas durante 27 páginas, y a la siguiente no quedaba más que un resumen de porqué hacía la libreta, de cómo su autor quería cambiar la urbe para humanizarla y quitarle el gris. Que no quería que el dolor que le había causado su corazón plagase todo.
Pero las teclas eran como las personas frías, que aunque las zarandees nunca te responderán ni se saldrán de sus casillas. Ese tipo de personas que te crean aversión y sacan ira de donde no hay nada y plantan intranquilidad y nervio, que ponen histérico al más manso y te dan ganas de pegar, pero esa mansedumbre se contagia y la único imaginable es una escena como cuando pegas a alguien en un sueño, que se te ralentiza el brazo y lo que pretendía ser un golpe de muerte termina siendo como intentar zurrar a una nube. Tú histerizas y el otro ni se enteró.
Intentar pelearse con el teclado es exactamente igual. Va a esterilizar cada palabra hasta hacerlas un producto en serie.
Esta es una de las razones por las que me empecé a enganchar a las libretas. Todos empezamos con un diario ignorado, plagamos las tapas de los cuadernos y humanizamos las agendas con trazos a pie de página de nuestro foro interno. De formato A4 con lineas a la apertura vertical y rasgado fácil. A las Moleskine de gomita y “clack”.
Por eso me parece mágico lo que le sucedió a Iratxe en su viaje a Madrid. En realidad le pasó en Barcelona, pero no me acuerdo de los nombres de las calles ni de dónde sucedía cada cosa, sólo recuerdo que en algún momento paró en un café de cadena delante de un famoso edificio de Gaudí. Iratxe había decidido regalarse una escapada de Semana Santa a Madrid, cogió un albergue, su mochila y se fue a conocer arte y Latina, a andar entre gatos y estatuas hasta que le pasó lo que os iba a contar.
En una esquina de Lavapiés fue a encontrarse una Moleskine negra en el suelo. Normalmente, ni te pararías, pero estando de viaje los esquemas cambian y puedes permitirte la licencia de coger una libreta que no es tuya, meter el dedo por debajo del elástico y abrir las hojas un poco envejecidas de serie para cotillear.
No era una libreta agenda ni agenda de teléfonos ni libreta de memoria. Era una biblia de frases encontradas y perfiles de transeúntes. De edificios madrileños y transcripciones de conversaciones en el metro. De bocadillos y asteriscos, notas del autor y aclaraciones.
De principio a fin la libreta le llevaba por las calles de las Madrid y sus rincones. Le mostraba paso a paso por sus ojos y sus oídos los sentidos de los paseantes.
Iratxe cogió las hojas y las siguió una a una, recomponiendo su viaje y espíritu. A sabiendas de que le estaba llevando por una ciudad que no existía, hizo como si viese los elfos haciendo un circo en Colón, y los carruajes subiendo la plaza de Santa Bárbara para subir por Génova. Se imaginó con todas sus fuerzas que se dejaba caer desde la Azotea del círculo, o que sacaban al Metro de las entrañas de la tierra y lo ponían de tranvía derribando los edificios victorianos de los que colgaban candelabros y sombreros. Hizo como si viese una estampida de búfalos por el Retiro o a unos escaladores trepando la puerta de Carlos III para besar al ángel alto. O al pobre ángel caído poniéndose en una posición más cómoda.
Fue viendo historias cruzadas durante 27 páginas, y a la siguiente no quedaba más que un resumen de porqué hacía la libreta, de cómo su autor quería cambiar la urbe para humanizarla y quitarle el gris. Que no quería que el dolor que le había causado su corazón plagase todo.
Porque no hay dolor más grande que sentir un hueco en el pecho y la falta de pálpito en las venas.
Y ver cómo alguien sin darse cuenta pinta un mensaje de despedida en una pared, que ya es paredón, empleando tu corazón como pincel y tu sangre a tinta.
Así que de ti depende quitarme este mal sabor del pecho enseñándome una ciudad que pueda curar mi historia.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Dejándome cansada, siempre sola.
Escucho el golpetazo de la puerta,
los puntos suspensivos, los pasos,
el hielo que me cae por las mejillas,
el olvido que se vuelve más amargo.
Te vas como viniste, por la tarde.
Dejándome cansada, siempre sola,
esperando que cambiases, ¡pobre ilusa!
incrédula desgracia tu persona.
los puntos suspensivos, los pasos,
el hielo que me cae por las mejillas,
el olvido que se vuelve más amargo.
Te vas como viniste, por la tarde.
Dejándome cansada, siempre sola,
esperando que cambiases, ¡pobre ilusa!
incrédula desgracia tu persona.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Poemas de desamor y de esperanza.
Te he abandonado con las manos abiertas
y la cabeza gacha.
Con la impotencia de no poder luchar
contra mi propio dilema
contra el miedo de tener que compartir
mi vida, mi tiempo y mis días.
Te dejo compartiendo las lágrimas
que caen por las alcantarillas
y los papeles rotos que mojan las palabras.
No voy a romper los recuerdos
ni las fotos
ni los sueños en los que estabas desnud@.
No voy a manchar mis manos
con el asesinato de lo cierto
ni me limpiaré las luciérnagas
que salen de mis ojos y bailan con la luna.
Brindaré con la muerte por el insomnio
y en las tardes te dejaré notas en los árboles,
para que cada vez que acudas a nuestro parque,
veas que el amor es eterno mientras dura.
-----------------------------------
Me giraré por la calle si veo tu perfil
y no te encuentro.
Sacaré la cabeza de la bañera por si escucho tu timbrazo
en el silencio.
Haré café dulce para dos por la amargura que me causa
dormir sola.
Viajaré con la esperanza por pareja por si te encuentro
y me recuerdas.
y la cabeza gacha.
Con la impotencia de no poder luchar
contra mi propio dilema
contra el miedo de tener que compartir
mi vida, mi tiempo y mis días.
Te dejo compartiendo las lágrimas
que caen por las alcantarillas
y los papeles rotos que mojan las palabras.
No voy a romper los recuerdos
ni las fotos
ni los sueños en los que estabas desnud@.
No voy a manchar mis manos
con el asesinato de lo cierto
ni me limpiaré las luciérnagas
que salen de mis ojos y bailan con la luna.
Brindaré con la muerte por el insomnio
y en las tardes te dejaré notas en los árboles,
para que cada vez que acudas a nuestro parque,
veas que el amor es eterno mientras dura.
-----------------------------------
Me giraré por la calle si veo tu perfil
y no te encuentro.
Sacaré la cabeza de la bañera por si escucho tu timbrazo
en el silencio.
Haré café dulce para dos por la amargura que me causa
dormir sola.
Viajaré con la esperanza por pareja por si te encuentro
y me recuerdas.
martes, 16 de noviembre de 2010
Vacía los bolsillos
Literatura o sin ella, aquí está lo que le sucede a mucha gente a mi alrededor últimamente, ¿a ti también?
Es curioso ver cómo va cambiando nuestra propia percepción de la vida y de lo que merecen la pena los esfuerzos.
De pequeños todos queremos trabajos fantásticos, como astronauta, bailarina, actriz o cowboy. Luego poco a poco la madurez se va cerniendo sobre nosotros y nos pega una bofetada con la realidad, o sea, que nuestros padres nos dan una bofetada con la realidad, y de canto y en la sopa nos meten la idea de lo que queremos estudiar.
Entonces es cuando le preguntamos a nuestros yo de 14 años y vemos una generación de ingenieros estupendos, registradores que no saben qué es una oposición, arquitectos que no saben qué se hace en la carrera o economistas a los que le gustan las corbatas de colores y punto. Tampoco es que tenga que ser muy difícil hacer entrar en razón a un preadolescente o a un adolescente, puedes o bien decirle que no es tan difícil o presentárselo como un reto, como un hobby.
Pero con el paso por los últimos años de instituto algunos se dan cuenta de que la física se les da mal, o que sus manos tocan más el piano que firman papeles, o que se marean al ver sangre. Corren los agostos y un buen día están en la universidad, algunos pasan por clase además de ir a fiestas y otros no. La mayoría tiene una crisis de carrera dentro del primer año. Todo el mundo tiene una en algún momento. ¿Para qué estudio? ¿Quién ha decidido el que yo esté aquí?
Nuestra adolescencia gira entorno a los estudios. No existe el tiempo para pararnos a formar de manera consciente nuestra personalidad, así que plagiamos la de la gente que nos causa buena impresión o a la que aspiramos a parecernos algún día. Quien no tiene unos estudios no es nadie, se ve anulado por no tener datos en la cabeza. La cultura se adquiere, puedes tener una carrera y ser un zopenco (con perdón) que no es consciente de en qué mundo vive..
Y cuando llega la época de trabajar...
Todo explota. Tarde o temprano. No por trabajar, si no por que llega un momento en que le chillas al mundo ¡basta! e intentas mover la cabeza a tal velocidad que la harina de tu mente se tamice y veas quién eres y qué quieres. Me temo que no sabes ni siquiera cómo te llamas. Te suena algo cómo te llaman los demás, pero ya se sabe, de nada sirve rendirle cuentas a los demás si no te has enfrentado a ti mismo.
Ese temible día en el que descubres que no sabes por qué has llegado a trabajar en algo que no te gusta o tratar con un tipo de gente, ese día, empezarás a echarle la culpa al mundo. Sobretodo a tus padres. En una fila irán apareciendo las personas que te aconsejaron algo e irás recriminándoles sus palabras y sus intenciones. Habrá un momento en esa fila que aparezca tu imagen de niño. De adolescente de 14 años que decía que quería estudiar derecho. O de niña que quería estudiar lo que hacía su madre. No se libran. Se lo reprocharás todo, les insultarás, les dirás que por qué te dijeron nada, que por qué se dejaron influenciar, por qué no vieron que el mundo era más grande que la calle, que había más gente que la vista. Gritarás tanto tanto que llorarás de rabia, les llamarás tonta, y te darás cuenta de que ese chaval, sigues siendo tú. Que sigues sin hacer nada por cambiar lo que te sucede, sigues sin guiar tus pasos y sigues con criterios ajenos y brújulas extrañas.
Ahora vacía los bolsillos y echa a andar. ¿A dónde? Eso es cosa tuya.
Es curioso ver cómo va cambiando nuestra propia percepción de la vida y de lo que merecen la pena los esfuerzos.
De pequeños todos queremos trabajos fantásticos, como astronauta, bailarina, actriz o cowboy. Luego poco a poco la madurez se va cerniendo sobre nosotros y nos pega una bofetada con la realidad, o sea, que nuestros padres nos dan una bofetada con la realidad, y de canto y en la sopa nos meten la idea de lo que queremos estudiar.
Entonces es cuando le preguntamos a nuestros yo de 14 años y vemos una generación de ingenieros estupendos, registradores que no saben qué es una oposición, arquitectos que no saben qué se hace en la carrera o economistas a los que le gustan las corbatas de colores y punto. Tampoco es que tenga que ser muy difícil hacer entrar en razón a un preadolescente o a un adolescente, puedes o bien decirle que no es tan difícil o presentárselo como un reto, como un hobby.
Pero con el paso por los últimos años de instituto algunos se dan cuenta de que la física se les da mal, o que sus manos tocan más el piano que firman papeles, o que se marean al ver sangre. Corren los agostos y un buen día están en la universidad, algunos pasan por clase además de ir a fiestas y otros no. La mayoría tiene una crisis de carrera dentro del primer año. Todo el mundo tiene una en algún momento. ¿Para qué estudio? ¿Quién ha decidido el que yo esté aquí?
Nuestra adolescencia gira entorno a los estudios. No existe el tiempo para pararnos a formar de manera consciente nuestra personalidad, así que plagiamos la de la gente que nos causa buena impresión o a la que aspiramos a parecernos algún día. Quien no tiene unos estudios no es nadie, se ve anulado por no tener datos en la cabeza. La cultura se adquiere, puedes tener una carrera y ser un zopenco (con perdón) que no es consciente de en qué mundo vive..
Y cuando llega la época de trabajar...
Todo explota. Tarde o temprano. No por trabajar, si no por que llega un momento en que le chillas al mundo ¡basta! e intentas mover la cabeza a tal velocidad que la harina de tu mente se tamice y veas quién eres y qué quieres. Me temo que no sabes ni siquiera cómo te llamas. Te suena algo cómo te llaman los demás, pero ya se sabe, de nada sirve rendirle cuentas a los demás si no te has enfrentado a ti mismo.
Ese temible día en el que descubres que no sabes por qué has llegado a trabajar en algo que no te gusta o tratar con un tipo de gente, ese día, empezarás a echarle la culpa al mundo. Sobretodo a tus padres. En una fila irán apareciendo las personas que te aconsejaron algo e irás recriminándoles sus palabras y sus intenciones. Habrá un momento en esa fila que aparezca tu imagen de niño. De adolescente de 14 años que decía que quería estudiar derecho. O de niña que quería estudiar lo que hacía su madre. No se libran. Se lo reprocharás todo, les insultarás, les dirás que por qué te dijeron nada, que por qué se dejaron influenciar, por qué no vieron que el mundo era más grande que la calle, que había más gente que la vista. Gritarás tanto tanto que llorarás de rabia, les llamarás tonta, y te darás cuenta de que ese chaval, sigues siendo tú. Que sigues sin hacer nada por cambiar lo que te sucede, sigues sin guiar tus pasos y sigues con criterios ajenos y brújulas extrañas.
Ahora vacía los bolsillos y echa a andar. ¿A dónde? Eso es cosa tuya.
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