martes, 29 de junio de 2010

La Dama de Negro.

Hace unos años, cuando tenía 17, vi una muerte. No vi a la muerte, pero la sentí. Fue el momento más raro de toda mi vida hasta entonces. Fue una tarde de verano en Gran Vía. Las rayas rojas de mi falda favorita iban haciendo un movimiento particular con el paso rápido. Pero pararon cuando la señora que tenía a la derecha, de unos 80 años, cayó de espaldas. Su ropa grande, piernas blancas, brazos anchos y pelo cano rebotaron contra el suelo de piedra. De repente, sin más. Cayó. Me agaché al momento, pidiendo que llamasen a una ambulancia. Alguien dijo, ‘Se habrá desmayado’.Nunca se me olvidarán las palabras de respuesta del marido. ‘Pero, si acabamos de merendar…’
Por que la Dama de Negro viene de repente. No avisa.

Y ahí estaba yo, en el suelo, con mis 17 años, pidiendo que me ayudasen a girarla para que no se tragase la lengua. Me quedé bloqueada, no supe reaccionar más allá de mi preocupación porque no se tragase la lengua. No sabía qué más hacer. Sólo sabía eso. Y que no reaccionaba, los labios se ponían morados. Alguien acercó una botella para darle agua y casi le pego un grito. Fue muy rápido, todo en menos de un minuto. Y no respondía, no había pulso, pasaron un abanico, vino un chaval que estudiaría enfermería y empezó la reanimación cardíaca. Apareció la ambulancia, con su bolsa de aire, sus parches, los municipales, le rajaron la camisa, comenzaron a luchar, apareció otra ambulancia, con la bombona oxígeno, un ECG, un desfibrilador, el chico de enfermería la intubaba, la gente se separaba. Había muchos chalecos naranja, la cinta amarilla para que no fuese un espectáculo, más médicos, tensión. Abrieron la caseta amarilla…para tener privacidad cuando se rindiesen o ellos o el cuerpo.

Yo me fui Gran Vía arriba y luego Gran Vía abajo. Me fui, seguí mi camino. Supongo que ella también seguiría el suyo. Nadie entiende la muerte. Nadie suele sentir la muerte. Pueden enseñarte qué necesitas para vivir. Qué necesitas para sobrevivir. Pero no te cuentan qué sientes cuando alguien muere en tus brazos. O eso crees. Nunca sabré con certeza si aquella mujer vivió, murió en el aire, en el suelo, en el Samur o en mis brazos. No lo podré saber con certeza, pero a quien le interese le contaré lo que sentí cuando la agarré para girarla y le vi la cara. Una cara normal, dulce, de señora mayor. Porque nadie te cuenta el chasquido que sientes. Que te estalla al fondo de tu conciencia y te dice que ya, fin. Nadie te cuenta que sabes lo que pasa y lo que pasará. Nadie te cuenta que sientes que hay 21 gramos menos. Que se han ido y que no vuelven. Pero a nadie le gusta aceptar un no por respuesta a la primera. Hay que luchar. Que la derrota para un médico no está en la muerte tras la lucha, sino en la muerte indigna.

Fue a mis 17 años cuando descubrí que el alma podía salir del cuerpo o quedarse en él. No quería que mi alma añorase a mi cuerpo cuando llegase su hora.
No quería encarcelarla. Sino hacerla libre. Quería que la muerte me viniese a recoger de manera digna.

Ocurrido el 28 de Junio. Escrito el 29 de Junio 2010. Mapi.

miércoles, 28 de abril de 2010

Mi madre, el escritor y la pluma.

Mi madre era muy moderna para su época. Leía, pensaba, no quería casarse y ponerse a copular como un conejo para tener retoños y decía a lo bajini que la libertad era lo más importante. De vez en cuando, para evitar problemas, había que ponerle un bozal en su pico de oro, porque si se hubiese escuchado una sola de sus ideas, ni ella seguiría viva ni yo estaría aquí presente.

Sobrevivió a sus ganas de decirlo todo a base de hablar con un escritor que pasaba por su pueblo de jueves a domingo para visitar a su amigo el párroco. El párroco era un amigo al que confesar, que lo mismo te contaba un chiste, que se tomaba un refresco contigo que decía misa. Las mozas del pueblo seguían reprochándole a Dios en sus oraciones que lo hubiese llamado por el camino del sacerdocio, pero qué se le va a hacer. El escritor y mi madre se conocieron por primera vez en misa, justamente. Un domingo por la mañana, muy pronto para mi concepto de domingo, se cruzaron yendo de punta en blanco a la iglesia. Ella parecía lista, una caja acorazada que se sabe que guarda algo valioso pero que es muy difícil llegar al interior. Y qué decir de él, con su pose elegante, firme, mentón alzado pero no orgulloso, paso decidido pero sin llegar a parecer un gañán, cuidado en el vestir pero sin parecer de ciudad. Era normal, a fin de cuentas. Pero os podéis imaginar la impresión que le causó a mi madre. El párroco, que de tonto no tenía un pelo, les presentó al final de la celebración, y pidió a Dios y al escritor que bailasen juntos en las próximas fiestas del pueblo.

Como quien no quería la cosa, se fueron cruzando en la tahona, en la plaza, en la fuente, en la terraza, en la calle, en los molinos de viento…

En la tahona le pasó la primera situación erótica que recuerda, que le da calores aun hoy y pide un vaso de agua, rápido. Iba ella, joven, con formas, con pelo rizado, falda de vuelo por los tobillos, manos largas y uñas cuidadas. Y cuando hablaba con la panadera para pedirle una chapata, él entró, saludó a ambas señorita y señora y se ofreció a pagarle la barra. Ella dijo que tenía dinero de su padre, y él insistió, cogió la barra de pan y se la ofreció en mano, mirándola a los ojos y poniendo la mano de mi madre entre la suya y el pan. Con las pupilas abiertas en canal y el calor de la masa aun cuajándose entre la corteza, se sintió como la molla en el horno. La harina en su palma, el contacto con la mano del escrito y el corazón a punto de desabrocharle la camisa. Aquella harina en las manos de mi madre se le quedó impregnada para siempre, creyendo que era su sustento para vivir, el calor entre alimento y carne. Sus palmas siguen siendo blancas, y sus nudillos tienen una marquita de tinta azul de pluma. Por esto supo que era escritor.
Fue tal el poder de la escena que el calor de la miga le llegó al cerebro y se olvidó de si había pagado, de si pagaba él o si de aquello que sentía era el éxtasis de santa Teresa o el pecado que tan bien sabe.

Cuando llegó a casa, el pan se había helado por dentro, ella tenía las mejillas sonrojadas y las palmas blancas.

Tras el episodio de la panadería coincidieron en misa, se miraban y él le dejó una carta en la vicaría. El párroco solo se rió para sus adentros, ni la leyó ni quiso, podía decir lo que quisiese en aquella carta, Dios ya les había dado el visto bueno. O eso o los tres lo habían interpretado así, y en esta historia la opinión de tres tiene más peso que la de uno. En la carta sólo le pedía, con letra de tango y pasión argentina, en líneas breves, cargadas de pasión y rezumando lujuria, un baile. Y eso, en 17 palabras.

En junio le concedió su baile, se entrelazaron los dedos sin querer queriendo y se recogieron pronto a casa. Eso sí, bien que saltaron por la ventana y fueron a verse en lo alto de la montañica, donde están los tres molinos.

Podría contar lo que pasó en los molinos, pero no estuve allí, o sí pero no aun, y las palabras de mi madre son más veraces.

Mi madre siempre que me ha contado esta historia me ha dicho que todo lo que soy, salió de esa noche. Que mis manchas en la piel son la harina de la tahona, que las pecas en mi espalda son de la tierra del suelo sobre la que estaban. Que mi falta de sueño y ánimo vienen de allí, y que siempre miro las estrellas aunque no salgan por pena, por esa noche. Contaba que por eso soy tan calurosa, que por eso mi mirada es tan potente y mis manos tan rápidas y sin miedo. Que por aquella noche, me he metido en problemas, que por ella no tengo padre y que por ella mi pulso es tan rápido si estoy con un hombre. Pero nunca entró en detalles.

A sabiendas de lo ocurrido, y siendo mi madre la hija del boticario, tuvieron que llevar cuidado. Al verse retraso, demora, nervios, mareos y antojo de anchoas, se verificó que había algo que ocultar. La escusa fue que querían darle una mejor educación y la mandaban a un convento, a que estudiase filosofía e historia del arte.

Mi madre lloró sola, en los molinos, en la botica, con el escritor y entre evangelio y sermón. Lloró porque se iba y no estaba con él. Otra noche, cuando se volvió a escapar, hablaron de mí. No sabían nada aun, si nacería bien, siquiera si sería niña o niño, no sabían nada. Nada excepto que no podrían criarme los dos juntos a menos que se casasen, y en eso estaban los dos de acuerdo que no lo querían.

Con una mano en su mejilla, los labios encogidos y la otra mano sobre su proyecto de barriga, mi madre le dijo que le quería. Así de simple, son dos palabras –decía mi madre- no tiene tanta complicación. Si se siente, se dice y punto. El escritor dijo que no podía seguir así, que él no podía hacerle eso a ella, que mi madre era la reina de los molinos, y que haría por ella lo que hiciese falta, que soplaría tan fuerte que las aspas se moviesen y picasen la piedra e hiciese harina de la nada. Quería que ella estuviese bien y que yo tuviese lo bueno que un niño se merece. Así que como prueba de gratitud, le puso las manos en el vientre a mi madre y le dijo que me iba a dar lo único que podía ofrecerle para que mi vida, me fuese algo más fácil.

Me dio su pluma.

Su habilidad para escribir, su ritmo y su aliento, su chispa para que las historias detonasen en su cabeza y chocasen en carambola para crear tramas. Quería que tuviese algo a lo que llamar don, ya que decía que el mayor don es una familia unida y yo eso no lo podría tener. Se agachó y dio un beso en la barriga a mi madre. Es el único beso que me dio mi padre. Entre sollozos y halagos, no dejaron aire entre ambos para abrazarse. Si pudiese ser posible, se desprenderían de los cuerpos como la serpiente de su piel para estar juntos. El silencio y un beso en la mejilla a veces son la mejor despedida.

A los 8 meses de la despedida, nació una niña sana y tez blanca, mancha en un muslo y manos cerradas. Tardaron 3 días en abrirme la palma de la mano, pues la tenía cerrada por mil demonios, protegiendo algo que nadie pude ver. Cuando me abrieron la palma, lloré y berreé, agité las piernas y combé la espalda con rabia. Rabia pura. Lloraba porque dentro de mi palma tenía el beso que me dio mi padre, y me lo quitaron.
Al abrir la palma vieron que no tenía M dibujada. Había mantenido la mano cerrada tanto tiempo que sólo se había quedado algo parecido a una A mayúscula. Por eso tengo cierta obsesión con la letra M, por que me falta entre las manos. De aquí que me junte con gente que contiene alguna M en sus nombres o apellidos, o viven en una ciudad con la M.

Mi infancia pasó en el pueblo, en la botica de mi abuelo probando en la trastienda los chupetes, que por entonces no venían envueltos, bebiendo un culín de los medicamentos, jarabes, tomando pastillas de leche de burra y en general, haciendo pequeñas faenas. Todo el pueblo me quería, era la nieta del boticario, ¿cómo no me iban a querer? Para explicar mi presencia dijeron que en el convento al que mi madre fue había un orfanato, y que cuando mi madre se iba a ir, justo trajeron a una niña abandonada por una extranjera que no tenía dinero ni para comer ella. Así que las monjas, que no tenían fondos suficientes, la aceptaron con una sonrisa pero haciendo cábalas sobre si tendrían ellas para su propio sustento. Los niños eran los primeros. Así que cuando mi madre vio la situación en la que esa bonita niña debería estar pensó que en su pueblo en la botica estaría mejor, y con las mismas, me llevaron para allá.

Así que todo el mundo me quería como la pobre niña abandonada que se supone que yo era, me mimaban y cuidaban, supliendo la falta de un padre. Realmente, mi abuelo fue mi padre, una mezcla curiosa. No sé cómo será el trato con los padres, pero dudo que sea mejor que el de los abuelos.

Cuando iba creciendo, me picaba mucho el antebrazo izquierdo. Sin saber una razón clara, el dermatólogo me mandó una crema y no funcionó, y tras algunos cuidados familiares, se dieron por vencidos y yo me quedé con mi picor en el antebrazo. Me lo rascaba por las noches, durante el día, estudiando, me lo rascaba en todo momento. Cuando tuve la varicela y se me juntó el picor con los granitos, yo no podía aguantar más. Empecé a rascarme de tal manera que me descabecé las pequeñas pústulas, luego la capa cornea, lúcida, todas, hasta que dolía, dolía pero picaba tanto que ya no podía picar más, me hervían los huesos , y rasqué hasta llegar un poco más profundo y se veía un poco de sangre. Rasqué hasta que noté un pequeño bultito imperceptible para el extranjero, y con la rabia de aquel beso robado, clavé las uñas y pincé el bulto hasta tenerlo pillado y suavemente sacarlo de mi antebrazo. El bultito pasó a ser alargado, del tamaño de un bolígrafo, luego se expandía un poco más y pasó a ser una pluma. Era la pluma que me había prometido.

Aquel instrumento de escritura que me dio antes de nacer, me acompañaría toda la vida.

*Mapi*
Para quien se sienta identificado, tenga una M en su nombre, una pluma enquistado en el antebrazo o un beso robado.

lunes, 26 de abril de 2010

La gente (300 palabras)

Las personas, de alguna manera, somos como la comida. Cuando conoces a alguien nuevo, distinto, es como cuando vas a un mercadillo de comida exótica. Puedes reaccionar de dos maneras. Pensando “Uf, quita quita, a saber que lleva, mejor me quedo con las lentejas de mi abuela” o pensando “¡Qué variedad! ¡Qué distinto! Quiero probarlo todo”.

Juzgas por la textura, color y olor. Y sólo cuando ya has dado un primer paso, puedes apreciar la esencia, el sabor, que es lo que de verdad importa. Cuando te acercas a la comida de un país, estás acercándote a su cultura, como con la gente. La esencia de la persona está la personalidad. Para evitar estas limitaciones, deberíamos probar la comida con los ojos vendados y confiando en lo que nos dan, de igual manera, tendríamos que conocer a las personas como pensamientos e ideales sin idioma ni cuerpo, fuera de todo contexto. Pero tenemos que convivir con estas fronteras y manejarlas para que no nos engañen.

La comida, como las personas, es distinta dependiendo de donde se cocine, de dónde provengan sus ingredientes, de quién sea chef y de quién la receta, y el cariño al prepararlo. Las versiones, sucedáneos y copias suelen resultar aberraciones del original. La presentación del plato hace que sea visible todo lo que no es. Y en realidad es todo lo que no se ve.

Hay que sobrevolar hasta el núcleo, y opinar de primera mano. Sólo puedes llegar a conocer a alguien cuando has hablado con él de su contexto, de de dónde son sus ingredientes, su receta, su chef y su país, su cultura, sus opiniones, y el por qué de su sabor.

Y después de todo, podremos decidir si nos gusta el plato porque hay sabores que sólo esperan ser descubiertos para fascinarnos.

*Mapi* - Esta redacción se escribió en Febrero, para unos formularios que de alguna manera cambiaron mi vida. Sí, hay muchas maneras de conocerse y crecer, incluso con la decepción. Para mentes curiosas: www.colegiosmundounido.es

lunes, 5 de abril de 2010

Final de "Siempre había tenido frío"


Hace bastante tiempo escribí que mis personajes habían decidido revelarse y obtener el triunfo en nuestra batalla por la felicidad. Su felicidad. Yo, como escritora, duermo tranquila sabiendo que están mal, que están bien, que se han quedado en medio de una discusión a muerte, a mí, me da lo mismo. Ellos igual se pasan medio año llorando en la ducha o ingresados en un hospital, o viven sin nombre en medio de un dramón en el que se quema una casa por venganza.

Pero tengo que admitir que uno de ellos me ha dado pena. Llevo ya un tiempo fermentando la idea de cómo sacarla de su situación, de curarle las heridas y que aprenda a levantarse. Seré cruel como escritora, pero soy piadosa no muy en el fondo. Por falta de tiempo o de orden en las palabras, me ha llevado un tiempo tomar esta decisión sobre papel. Será por que a veces es complicado darle un final fantástico a algo que fue real.

Julene, va por ti.

Final para "Siempre había tenido frío" o como se la conoce
"La chica que lloraba en la ducha".


‹Y lloraba, y lloraba más, con esos pequeños sollozos que son gritos en miniatura, imitando lo que tuvo y ya no tenía, y no podía seguir fingiendo, tenía mucho frío, muchísimo, creía que se iba a morir, no sabía si de soledad o por que estaba en carne viva…›

Lloraba poco a poco, estallando con la energía que dosificaba para poder seguir sollozando, soltando el agua que nunca recuperaba. Y así se le iban secando las carnes, y la sal de sus lágrimas dibujaba bocetos en sus brazos recubiertos de escamas. Sin pausa y sin pensar, hasta que como cuando llueve, cayó la última gota de su lacrimal, la que no esperaba que cayese nunca. La última en su cuerpo y en su mente, la gota que consiguió arrancar de algún recuerdo del que tomaba la savia negra para seguir con sus lamentos. La gota que le llevó al desmayo y a la pérdida de consciencia en la pila de la ducha, con la alcachofa encendida y el único vestido que su propia sal le había hecho, parecido al de las sirenas.

Así fue como la encontró alguien que la quería mucho, alguien a quien solía acudir cuando encontraba el valor, o la pena no la acorralaba y la amenazaba si iba a llorarle a alguien al hombro. Esta mujer, mujer para sus adentros, abrió la puerta del baño y apagó el agua. La impaciencia es mala pimienta de cualquier guiso, así que con calma y conocimiento de causa, se remangó y la tomó en brazos en peso. Pesaba muy poco, sólo un 15% de su masa un día normal, al quedarse sin su agua, los casi tres cuartos, y sin la vida, que pesa igual que todos los órganos juntos.

En brazos y a pie, tomó a la chica hasta el mar. Ese mar mediterráneo que puede currarlo todo, donde cada verano dejamos nuestros males para que el calor los evapore y tomamos de prestado nuevas energías que luego eliminar sudando. Todo es agua. Agua que cuando ya se ha perdido la alegría, puede hacerla renacer, puede introducirse en los canales del alma y las carnes para inflarlas y animarlas, con la sal que le de sabor a todo lo que hacemos.

---Y esta es la primera de las razones por las que al despertar, la chica decidió levantarse todos los días mirando al mar. Y tomarse un café con ella, esta vez con azúcar.---

jueves, 25 de febrero de 2010

"Sindicato contra finales fatales"

Cuando me intenté enfrentar al folio en blanco después de 3 semanas, vi que estaba totalmente seca de ideas. No había ni una anécdota que se me ocurriese, una catástrofe total.

-Personajes estrambóticos con manías raras, ¿qué os pasa?

Y resulta que los personajes de fantasía o de realismo mágico inventados por uno mismo pueden llegar a reunirse en sindicatos en tu contra. O a su favor, depende del punto de vista. “SCFF” o lo que es lo mismo, “Sindicato contra los finales fatales”.

Tras una larga charla con el representante de mis personajes, llegué a la conclusión de que mis propios personajes me odiaban. Estaban cansados de finales fatales, en los que sólo les acontecían desgracias, todos sufrían de mal de amores, o terminaban muertos, o dejados a la deriva sin un final certero. Me exigían que les diese un desenlace algo más agraciado para ellos, que querían un poco de estabilidad. Querían una casita en la playa, o tal vez encontrar a una persona que les cuidase, o un trabajo digno, o qué se yo, un viaje, ¡algo bueno!

Y por eso estaban en huelga. Tenían como rehén a todo mi arsenal de ideas catastróficas y amenazaban con prenderle fuego a menos que me plantase un huerto de felicidad o de María o de lo que me diese la gana para que ellos pudiesen tener una anécdota graciosa y vivir tranquilos.
Así que mis personajes me dejaron con mi conflicto interno al más puro estilo de tragedia clásica. Por una parte, mis historias catastróficas eran mi punto fuerte, no quería abandonarlas. Que se fastidiasen ellos, eran mis invenciones, así que les pasaría lo que yo dijese. Aunque no sé en qué momento me vino la idea de que pudiesen aliarse contra mí y fundar un sindicato… ¿sería mi culpa?

El caso es que no quería rechazar mis fantásticas tragedias porque cuatro chavales, la mayoría no superaba los 25, y algún padre, vendedora de flores y príncipe y princesa, espantapájaros y demás, me dijesen lo que tenía que hacer. Eso sería muy paradójico, sería como si yo misma me estuviese mandando lo que hacer.

Pensando y pensando, decidí acudir al magnífico Platón y a sus paranoias mentales. Lo bueno de la filosofía que puedes materializar espacios que no habrían existido si no hubiesen sido inventados. Así, por ejemplo, existía un pasillo entre el mundo de los sueños y el de cuando estás despierto. No un pasillo negro y ominoso, más bien como los pasillos de las cadenas de televisión, con una mesita en la que había cafeteras, leche y vasos para quien quisiese. No había azúcar, así se evitaba que nadie se quedase a tomar café de por vida.

Para enfrentarme al complot de invenciones, decidí cargarme los bolsillos de ketamina, un potente tranquilizante para caballos, y acudir a Platón. Mi querido Platón me había dado una bonita llave para conseguir una fuente de ideas inagotable: el mundo de las ideas. Lo único que necesitaba era hacer que yo, como auriga, me dejase guiar por mi caballo blanco. Cualquier individuo que haya sobrevivido a la filosofía de primero de bachillerato sabrá que todas las almas están compuestas por tres partes, y digamos, que mi intención era drogar a mi caballo malo para dejar al bueno guiarme hasta el cielo, saludar a los dioses y robar ideas. Como son ideas, no ocupan, y así yo podría, a golpe de tranquilizante, hacerle un boicot a mis propios personajes.

Mi ketamina y yo nos fuimos a dormir, en el pasillo preparé la jeringuilla con la cantidad para drogar a mi jamelgo durante unas horas y crucé la siguiente puerta, chuté al caballo y con la velocidad propia de los sueños, llegue al mundo de las ideas. Y no sentí nada por el momento.

Para cuando me fui a despertar, tenía la cabeza a reventar de historias. Se me ocurrían con mirar al despertador, por la ventana, al ir al baño, eran tantas que me estaba entrando jaqueca.
Ya sólo me quedaba escribirlas. Y así fue como empezó todo.

Supongo que estoy cansada de finales fatales y por qué no, hay muchas historias por escribir.
La tuya también.

*Mapi* 24 Febrero de 2010

martes, 2 de febrero de 2010

El almacén de las palabras no dichas.

Ella era la guardiana de las palabras no dichas. Y es que existe un almacén a donde va todo lo que nunca se dice. Todas las palabras que nos tragamos, pegajosas entre saliva, que dejamos entre el caos de nuestras ideas, que no decimos por miedo a la respuesta o porque sabemos, que podrían cambiar la historia. Son esos “te quiero” por los que no se derribaron muros, esos “lo siento” por los que cayeron los grandes imperios. Todos ellos, se quedan flotando en el aire, a la espera de que el emisor, en algún momento, decida tomarlas de nuevo y retomar la conversación, recoger las pobres palabras abandonadas en la cuneta.

La idea de construir un almacén surgió de la problemática de la materialización de estas frases. Cada palabra que no se decía era susceptible de cambio para que se pudiesen usar de nuevo. Porque habría que dar explicaciones, detalles del por qué no se dijo, contar el contexto y la historia, qué fue lo que cegó nuestros impulsos y nos hizo caer en un charco de silencio. Así, cada vez las palabras se reproducían y duplicaban, se hinchaban y cada vez ocupaban más espacio, dejando menos hueco para las personas. Y como eran más grandes, eran más visibles, e iban acompañando a su proyecto de emisor. Como si fuesen un manojo de globos de helio de colores, iban retumbando por encima de nuestras cabezas, haciéndose cada vez más grandes y vistosas, y haciéndose más propensas a que su receptor las viese. Y si se veían, ya no tenían utilidad, se eliminaba el factor sorpresa, hacía que la gente se sonrojase al ver los secretos mejor guardados escritos en palabras, revoloteando por encima de la cabeza de algún conocido.

Así que se decidió comenzar la construcción de un almacén que recogiese las palabras. Por las noches iban llegando a esta biblioteca de las intenciones los visitantes. Llegaban ocultos en bufanda y gorro, dejaban su puñado de deseos en el caldo de cultivo de la trastienda y se iban. Pero el único problema del almacén, era que sus dueños los abandonasen como a los perros cojos y no volviesen a por ellos, que la suerte del destino no es buena niñera de las palabras, y somos nosotros los que debemos moldearlas y darles fuerzas para que lleguen lejos y cumplan sus funciones. Para impulsarlas hacia el cielo y que la realidad se haga oíble, legible, palpable y asimilable, que lo que es cierto, salga y vuele, no que se quede en una caja empolvada en el almacén de palabras.
Si lo sientes, dilo. *Mapi* 2 Febrero 2010

viernes, 8 de enero de 2010

Manifiesto 17

Prometo luchar por lo que creo,
prometo cuidar de lo que amo.

Prometo no llorar si tiene arreglo,
prometo reintentarlo si he fallado.

Prometo reirme si hay de dónde,
prometo aplaudir si me ha gustado.

Prometo enseñarte lo que sepa,
prometo escuchar qué ha pasado.

Prometo escribirte mil historias,
prometo leerme hasta las tapas.

Prometo gritar si estoy que exploto,
prometo comprarme alguna planta.

Prometo no intentar controlar todo,
prometo no quejarme siempre en alto.

Prometo bailar si estoy contenta
y si no espero a llorar en tu hombro.

Prometo no ir siempre a lo fácil,
prometo intentar conocerlo todo

...hasta que lleguen, los 18.