Te he abandonado con las manos abiertas
y la cabeza gacha.
Con la impotencia de no poder luchar
contra mi propio dilema
contra el miedo de tener que compartir
mi vida, mi tiempo y mis días.
Te dejo compartiendo las lágrimas
que caen por las alcantarillas
y los papeles rotos que mojan las palabras.
No voy a romper los recuerdos
ni las fotos
ni los sueños en los que estabas desnud@.
No voy a manchar mis manos
con el asesinato de lo cierto
ni me limpiaré las luciérnagas
que salen de mis ojos y bailan con la luna.
Brindaré con la muerte por el insomnio
y en las tardes te dejaré notas en los árboles,
para que cada vez que acudas a nuestro parque,
veas que el amor es eterno mientras dura.
-----------------------------------
Me giraré por la calle si veo tu perfil
y no te encuentro.
Sacaré la cabeza de la bañera por si escucho tu timbrazo
en el silencio.
Haré café dulce para dos por la amargura que me causa
dormir sola.
Viajaré con la esperanza por pareja por si te encuentro
y me recuerdas.
jueves, 18 de noviembre de 2010
martes, 16 de noviembre de 2010
Vacía los bolsillos
Literatura o sin ella, aquí está lo que le sucede a mucha gente a mi alrededor últimamente, ¿a ti también?
Es curioso ver cómo va cambiando nuestra propia percepción de la vida y de lo que merecen la pena los esfuerzos.
De pequeños todos queremos trabajos fantásticos, como astronauta, bailarina, actriz o cowboy. Luego poco a poco la madurez se va cerniendo sobre nosotros y nos pega una bofetada con la realidad, o sea, que nuestros padres nos dan una bofetada con la realidad, y de canto y en la sopa nos meten la idea de lo que queremos estudiar.
Entonces es cuando le preguntamos a nuestros yo de 14 años y vemos una generación de ingenieros estupendos, registradores que no saben qué es una oposición, arquitectos que no saben qué se hace en la carrera o economistas a los que le gustan las corbatas de colores y punto. Tampoco es que tenga que ser muy difícil hacer entrar en razón a un preadolescente o a un adolescente, puedes o bien decirle que no es tan difícil o presentárselo como un reto, como un hobby.
Pero con el paso por los últimos años de instituto algunos se dan cuenta de que la física se les da mal, o que sus manos tocan más el piano que firman papeles, o que se marean al ver sangre. Corren los agostos y un buen día están en la universidad, algunos pasan por clase además de ir a fiestas y otros no. La mayoría tiene una crisis de carrera dentro del primer año. Todo el mundo tiene una en algún momento. ¿Para qué estudio? ¿Quién ha decidido el que yo esté aquí?
Nuestra adolescencia gira entorno a los estudios. No existe el tiempo para pararnos a formar de manera consciente nuestra personalidad, así que plagiamos la de la gente que nos causa buena impresión o a la que aspiramos a parecernos algún día. Quien no tiene unos estudios no es nadie, se ve anulado por no tener datos en la cabeza. La cultura se adquiere, puedes tener una carrera y ser un zopenco (con perdón) que no es consciente de en qué mundo vive..
Y cuando llega la época de trabajar...
Todo explota. Tarde o temprano. No por trabajar, si no por que llega un momento en que le chillas al mundo ¡basta! e intentas mover la cabeza a tal velocidad que la harina de tu mente se tamice y veas quién eres y qué quieres. Me temo que no sabes ni siquiera cómo te llamas. Te suena algo cómo te llaman los demás, pero ya se sabe, de nada sirve rendirle cuentas a los demás si no te has enfrentado a ti mismo.
Ese temible día en el que descubres que no sabes por qué has llegado a trabajar en algo que no te gusta o tratar con un tipo de gente, ese día, empezarás a echarle la culpa al mundo. Sobretodo a tus padres. En una fila irán apareciendo las personas que te aconsejaron algo e irás recriminándoles sus palabras y sus intenciones. Habrá un momento en esa fila que aparezca tu imagen de niño. De adolescente de 14 años que decía que quería estudiar derecho. O de niña que quería estudiar lo que hacía su madre. No se libran. Se lo reprocharás todo, les insultarás, les dirás que por qué te dijeron nada, que por qué se dejaron influenciar, por qué no vieron que el mundo era más grande que la calle, que había más gente que la vista. Gritarás tanto tanto que llorarás de rabia, les llamarás tonta, y te darás cuenta de que ese chaval, sigues siendo tú. Que sigues sin hacer nada por cambiar lo que te sucede, sigues sin guiar tus pasos y sigues con criterios ajenos y brújulas extrañas.
Ahora vacía los bolsillos y echa a andar. ¿A dónde? Eso es cosa tuya.
Es curioso ver cómo va cambiando nuestra propia percepción de la vida y de lo que merecen la pena los esfuerzos.
De pequeños todos queremos trabajos fantásticos, como astronauta, bailarina, actriz o cowboy. Luego poco a poco la madurez se va cerniendo sobre nosotros y nos pega una bofetada con la realidad, o sea, que nuestros padres nos dan una bofetada con la realidad, y de canto y en la sopa nos meten la idea de lo que queremos estudiar.
Entonces es cuando le preguntamos a nuestros yo de 14 años y vemos una generación de ingenieros estupendos, registradores que no saben qué es una oposición, arquitectos que no saben qué se hace en la carrera o economistas a los que le gustan las corbatas de colores y punto. Tampoco es que tenga que ser muy difícil hacer entrar en razón a un preadolescente o a un adolescente, puedes o bien decirle que no es tan difícil o presentárselo como un reto, como un hobby.
Pero con el paso por los últimos años de instituto algunos se dan cuenta de que la física se les da mal, o que sus manos tocan más el piano que firman papeles, o que se marean al ver sangre. Corren los agostos y un buen día están en la universidad, algunos pasan por clase además de ir a fiestas y otros no. La mayoría tiene una crisis de carrera dentro del primer año. Todo el mundo tiene una en algún momento. ¿Para qué estudio? ¿Quién ha decidido el que yo esté aquí?
Nuestra adolescencia gira entorno a los estudios. No existe el tiempo para pararnos a formar de manera consciente nuestra personalidad, así que plagiamos la de la gente que nos causa buena impresión o a la que aspiramos a parecernos algún día. Quien no tiene unos estudios no es nadie, se ve anulado por no tener datos en la cabeza. La cultura se adquiere, puedes tener una carrera y ser un zopenco (con perdón) que no es consciente de en qué mundo vive..
Y cuando llega la época de trabajar...
Todo explota. Tarde o temprano. No por trabajar, si no por que llega un momento en que le chillas al mundo ¡basta! e intentas mover la cabeza a tal velocidad que la harina de tu mente se tamice y veas quién eres y qué quieres. Me temo que no sabes ni siquiera cómo te llamas. Te suena algo cómo te llaman los demás, pero ya se sabe, de nada sirve rendirle cuentas a los demás si no te has enfrentado a ti mismo.
Ese temible día en el que descubres que no sabes por qué has llegado a trabajar en algo que no te gusta o tratar con un tipo de gente, ese día, empezarás a echarle la culpa al mundo. Sobretodo a tus padres. En una fila irán apareciendo las personas que te aconsejaron algo e irás recriminándoles sus palabras y sus intenciones. Habrá un momento en esa fila que aparezca tu imagen de niño. De adolescente de 14 años que decía que quería estudiar derecho. O de niña que quería estudiar lo que hacía su madre. No se libran. Se lo reprocharás todo, les insultarás, les dirás que por qué te dijeron nada, que por qué se dejaron influenciar, por qué no vieron que el mundo era más grande que la calle, que había más gente que la vista. Gritarás tanto tanto que llorarás de rabia, les llamarás tonta, y te darás cuenta de que ese chaval, sigues siendo tú. Que sigues sin hacer nada por cambiar lo que te sucede, sigues sin guiar tus pasos y sigues con criterios ajenos y brújulas extrañas.
Ahora vacía los bolsillos y echa a andar. ¿A dónde? Eso es cosa tuya.
lunes, 25 de octubre de 2010
De ballet y luciérnagas.
No me creo que hayas sido capaz de ver tal obra de arte sin que las lágrimas como luciérnagas verdes hayan eclosionado de tus ojos.
A lo largo y ancho del escenario barrían con su cuerpo los bailarines el aire, el suelo.
No había ángulo que se les escapase ni movimiento que no tuviese sentido.
No había locura fingida ni soledad sin acompañamiento, eran 22 y eran solo uno. Podían jugar como niños a reventarnos las mejillas con lo que había visto el maestro en el manicomio de su hermana. Y nosotros,
indefensos espectadores,
no podíamos hacer más que sorprendernos,
meditar sobre la lucidez y la locura, dos es una y vestida de negro.
No podíamos hacer más que criar luciérnagas
como pena dentro de nosotros
para dejarlas volar por dentro del auditorio.
Para cuando terminó la función los bailarines oian crujir las luciérnagas aplastadas bajo sus puntas. Ya no se escuchaba ni el revoloteo.
Despegué los labios y me guarde una en la boca para que aquel baile se quedase dentro de mí, de alguna manera.
- Tras el ballet de Víctor Ullate, Wonderland.-
A lo largo y ancho del escenario barrían con su cuerpo los bailarines el aire, el suelo.
No había ángulo que se les escapase ni movimiento que no tuviese sentido.
No había locura fingida ni soledad sin acompañamiento, eran 22 y eran solo uno. Podían jugar como niños a reventarnos las mejillas con lo que había visto el maestro en el manicomio de su hermana. Y nosotros,
indefensos espectadores,
no podíamos hacer más que sorprendernos,
meditar sobre la lucidez y la locura, dos es una y vestida de negro.
No podíamos hacer más que criar luciérnagas
como pena dentro de nosotros
para dejarlas volar por dentro del auditorio.
Para cuando terminó la función los bailarines oian crujir las luciérnagas aplastadas bajo sus puntas. Ya no se escuchaba ni el revoloteo.
Despegué los labios y me guarde una en la boca para que aquel baile se quedase dentro de mí, de alguna manera.
- Tras el ballet de Víctor Ullate, Wonderland.-
viernes, 8 de octubre de 2010
No pienses: siente.
Si los filósofos hubiesen nacido en nuestro siglo ya no se preocuparían por el alma y por el cuerpo. Ya no se pasarían las noches en vela pensando en dónde están los dioses (tendrían Facebook, entre otras cosas).
Y es que me he dado cuenta de que ahora nos debatimos entre el querer y el pensar. Entre el corazón y la cabeza.
Nos empeñamos en no opinar por nosotros mismos, en dejarnos llevar por los pensamientos. ¿Cuántas veces nos han preguntado “qué piensas”?. Entonces nosotros cogíamos, exponíamos lo que creíamos querer de verdad, y dejábamos que todo, absolutamente todo, cambiase nuestra opinión. Rebozando el fruto de nuestro corazoncito en lo que piensa tu padre, tu sociedad, tu religión, las leyes de tu ciudad, el anuncio de la marquesina del bus…
Y lo mejor es que al final tenemos el coraje y la valentía de decir que el emparedado ese que tenemos en la cabeza, son nuestros pensamientos. Que son nuestros, ciertos, y de verdad. Que los defendemos y que ya están muy trabajados, que hemos meditado tantísimo en ellos que son ciertos para nosotros. Y un huevo.
Esas cosas que crees querer son una sarta de tonterías en la que han participado todos menos tú. Es una manera de escaquearse de tomar la dirección de nuestras propias vidas. No lo aceptamos, pero tenemos miedo a las decisiones, a hacer lo que queremos. Tenemos miedo a seguir nuestros sueños y deseos, no vaya a ser que se vuelvan realidad. Es una fobia que nos han machacado y metido entre la comida desde que somos pequeños, y bien que nos la hemos tragado.
Desde que tenemos consciencia de que existe el latín nos han dicho que “Carpe diem” por aquí y “Carpe diem” por allá. Y luego que “alea iacta est”. Por favor, decidíos. Vamos a decidirnos. Toda la vida diciéndonos que tenemos que vivir en el presente y sólo nos dejáis mirar el futuro, y no vivimos nunca. No vamos a poder volver a este momento dentro de 20 años, y sabemos perfectamente que vamos a querer. Que nos vamos a arrepentir de no haber hecho muchas cosas ahora. Tenemos que empezar a sacar como pañuelos de la manga los sentimientos y hacerles caso en el mismo momento. De forma espontánea, instantánea. Los sentimientos habitan en el corazón, en una coraza, no podemos llegar a ellos aunque intentemos magullarlos, por eso cuesta tanto encontrar la clave para abrir el de alguien. Cuesta años. Vidas. Por eso no mienten, pero se ocultan. Son sinceros, tan valiosos y transparentes que los ignoramos y no queremos soltarlos.
Vamos por la calle sin mirar a la gente a los ojos por si acaso nos atrevemos a sonreírles, a saludarles.
Hemos cambiado nuestra alma por el coche, el dinero, la carrera profesional estable, la persona que nos convenía y el momento indicado. ¿Y qué es lo que queríamos? Usar el arte como moneda de cambio, coger una mochila y ver mundo. Conocer a gente a golpe de café y reconvertir a todos los desconocidos. Sonreír a quien se lo merece, pasarnos las normas sociales no escritas por el forro, saltar sobre nuestro ritmo biológico. Poder sentir y dejar de pensar, que ya nos hemos calentado mucho la cabeza.
Mapi, 8 de Octubre 2010.
Y es que me he dado cuenta de que ahora nos debatimos entre el querer y el pensar. Entre el corazón y la cabeza.
Nos empeñamos en no opinar por nosotros mismos, en dejarnos llevar por los pensamientos. ¿Cuántas veces nos han preguntado “qué piensas”?. Entonces nosotros cogíamos, exponíamos lo que creíamos querer de verdad, y dejábamos que todo, absolutamente todo, cambiase nuestra opinión. Rebozando el fruto de nuestro corazoncito en lo que piensa tu padre, tu sociedad, tu religión, las leyes de tu ciudad, el anuncio de la marquesina del bus…
Y lo mejor es que al final tenemos el coraje y la valentía de decir que el emparedado ese que tenemos en la cabeza, son nuestros pensamientos. Que son nuestros, ciertos, y de verdad. Que los defendemos y que ya están muy trabajados, que hemos meditado tantísimo en ellos que son ciertos para nosotros. Y un huevo.
Esas cosas que crees querer son una sarta de tonterías en la que han participado todos menos tú. Es una manera de escaquearse de tomar la dirección de nuestras propias vidas. No lo aceptamos, pero tenemos miedo a las decisiones, a hacer lo que queremos. Tenemos miedo a seguir nuestros sueños y deseos, no vaya a ser que se vuelvan realidad. Es una fobia que nos han machacado y metido entre la comida desde que somos pequeños, y bien que nos la hemos tragado.
Desde que tenemos consciencia de que existe el latín nos han dicho que “Carpe diem” por aquí y “Carpe diem” por allá. Y luego que “alea iacta est”. Por favor, decidíos. Vamos a decidirnos. Toda la vida diciéndonos que tenemos que vivir en el presente y sólo nos dejáis mirar el futuro, y no vivimos nunca. No vamos a poder volver a este momento dentro de 20 años, y sabemos perfectamente que vamos a querer. Que nos vamos a arrepentir de no haber hecho muchas cosas ahora. Tenemos que empezar a sacar como pañuelos de la manga los sentimientos y hacerles caso en el mismo momento. De forma espontánea, instantánea. Los sentimientos habitan en el corazón, en una coraza, no podemos llegar a ellos aunque intentemos magullarlos, por eso cuesta tanto encontrar la clave para abrir el de alguien. Cuesta años. Vidas. Por eso no mienten, pero se ocultan. Son sinceros, tan valiosos y transparentes que los ignoramos y no queremos soltarlos.
Vamos por la calle sin mirar a la gente a los ojos por si acaso nos atrevemos a sonreírles, a saludarles.
Hemos cambiado nuestra alma por el coche, el dinero, la carrera profesional estable, la persona que nos convenía y el momento indicado. ¿Y qué es lo que queríamos? Usar el arte como moneda de cambio, coger una mochila y ver mundo. Conocer a gente a golpe de café y reconvertir a todos los desconocidos. Sonreír a quien se lo merece, pasarnos las normas sociales no escritas por el forro, saltar sobre nuestro ritmo biológico. Poder sentir y dejar de pensar, que ya nos hemos calentado mucho la cabeza.
Mapi, 8 de Octubre 2010.
lunes, 6 de septiembre de 2010
Amo Madrid y no puedo evitarlo.
Me gusta Madrid y no puedo ocultarlo.
Conoces a gente que no encuentras todos los días. Madrid no duerme, no se esconde. Te atrapa por las esquinas y te da la oportunidad de vivir los mejores días de tu vida, y las noches si puedes compartirlas. Te abre los ojos y te abraza a base de plazas y tapas, no es hipócrita ni mentirosa, es como es. Te enseña sus defectos, su humo, su contaminación y sus sintecho. No esconde ni a las prostitutas ni a los drogadictos.
Madrid es sincera, es transparente como el mar del que carece y sustituye por un lago. Esquemática y caótica, es estresante e irritante. Dan ganas de gritar y de pararlo todo los lunes por la mañana, porque a nadie le apetece ir a trabajar, pero van todos.
Es como una droga, que vicia. Se hace vital y te corrompe, te seduce con sus largas paredes y grandes parques. Peor que la maría, que la ketamina y la coca. Peor que el café de las mañanas y el chocolate de los domingos. No te puedes desintoxicar, no hay manera. Ni lo intentes, no lo pienses, porque acto seguido aparecerá ante tu puerta un nuevo espectáculo de luces y música. Una nueva foto que plasmar. O incluso, como último recurso, Madrid moverá los hilos para que a tu vida llegue un extraño que te revolucionará todo. Tu modo de pensar, tus motivaciones o los lugares que conoces.
Porque al fin y al cabo, a Madrid no se va, se vuelve.
Quien puso un pie en Sol ya dejó su indeleble huella en el tiempo, que recordará cada vez que tome las uvas. Al final siempre te reconcilias con Madrid, siempre. No hay forma de no hacerlo. Un día tú y tu cabreo iréis a una calle y diréis, “qué bonito, espero que el paraíso esté construido con los mismos ladrillos”. Te tumbarás en el Retiro e inspirarás. Respirarás. Expirarás odio como el que expulsan los coches que se niegan a usar el metro y sonreirás.
Aun en los días de nieve te gustará verlo todo blanco.
Y en primavera te encantará oír los chelos
en la calle Mayor tocando tangos.
Y la gente celebrando, mojándose en las fuentes.
Las carrozas. La noche que no duerme.
*Mapi* 6 de setiembre 2010.
-Porque no sólo de cumplidos vive la poesía.-
Conoces a gente que no encuentras todos los días. Madrid no duerme, no se esconde. Te atrapa por las esquinas y te da la oportunidad de vivir los mejores días de tu vida, y las noches si puedes compartirlas. Te abre los ojos y te abraza a base de plazas y tapas, no es hipócrita ni mentirosa, es como es. Te enseña sus defectos, su humo, su contaminación y sus sintecho. No esconde ni a las prostitutas ni a los drogadictos.
Madrid es sincera, es transparente como el mar del que carece y sustituye por un lago. Esquemática y caótica, es estresante e irritante. Dan ganas de gritar y de pararlo todo los lunes por la mañana, porque a nadie le apetece ir a trabajar, pero van todos.
Es como una droga, que vicia. Se hace vital y te corrompe, te seduce con sus largas paredes y grandes parques. Peor que la maría, que la ketamina y la coca. Peor que el café de las mañanas y el chocolate de los domingos. No te puedes desintoxicar, no hay manera. Ni lo intentes, no lo pienses, porque acto seguido aparecerá ante tu puerta un nuevo espectáculo de luces y música. Una nueva foto que plasmar. O incluso, como último recurso, Madrid moverá los hilos para que a tu vida llegue un extraño que te revolucionará todo. Tu modo de pensar, tus motivaciones o los lugares que conoces.
Porque al fin y al cabo, a Madrid no se va, se vuelve.
Quien puso un pie en Sol ya dejó su indeleble huella en el tiempo, que recordará cada vez que tome las uvas. Al final siempre te reconcilias con Madrid, siempre. No hay forma de no hacerlo. Un día tú y tu cabreo iréis a una calle y diréis, “qué bonito, espero que el paraíso esté construido con los mismos ladrillos”. Te tumbarás en el Retiro e inspirarás. Respirarás. Expirarás odio como el que expulsan los coches que se niegan a usar el metro y sonreirás.
Aun en los días de nieve te gustará verlo todo blanco.
Y en primavera te encantará oír los chelos
en la calle Mayor tocando tangos.
Y la gente celebrando, mojándose en las fuentes.
Las carrozas. La noche que no duerme.
*Mapi* 6 de setiembre 2010.
-Porque no sólo de cumplidos vive la poesía.-
martes, 29 de junio de 2010
La Dama de Negro.
Hace unos años, cuando tenía 17, vi una muerte. No vi a la muerte, pero la sentí. Fue el momento más raro de toda mi vida hasta entonces. Fue una tarde de verano en Gran Vía. Las rayas rojas de mi falda favorita iban haciendo un movimiento particular con el paso rápido. Pero pararon cuando la señora que tenía a la derecha, de unos 80 años, cayó de espaldas. Su ropa grande, piernas blancas, brazos anchos y pelo cano rebotaron contra el suelo de piedra. De repente, sin más. Cayó. Me agaché al momento, pidiendo que llamasen a una ambulancia. Alguien dijo, ‘Se habrá desmayado’.Nunca se me olvidarán las palabras de respuesta del marido. ‘Pero, si acabamos de merendar…’
Por que la Dama de Negro viene de repente. No avisa.
Y ahí estaba yo, en el suelo, con mis 17 años, pidiendo que me ayudasen a girarla para que no se tragase la lengua. Me quedé bloqueada, no supe reaccionar más allá de mi preocupación porque no se tragase la lengua. No sabía qué más hacer. Sólo sabía eso. Y que no reaccionaba, los labios se ponían morados. Alguien acercó una botella para darle agua y casi le pego un grito. Fue muy rápido, todo en menos de un minuto. Y no respondía, no había pulso, pasaron un abanico, vino un chaval que estudiaría enfermería y empezó la reanimación cardíaca. Apareció la ambulancia, con su bolsa de aire, sus parches, los municipales, le rajaron la camisa, comenzaron a luchar, apareció otra ambulancia, con la bombona oxígeno, un ECG, un desfibrilador, el chico de enfermería la intubaba, la gente se separaba. Había muchos chalecos naranja, la cinta amarilla para que no fuese un espectáculo, más médicos, tensión. Abrieron la caseta amarilla…para tener privacidad cuando se rindiesen o ellos o el cuerpo.
Yo me fui Gran Vía arriba y luego Gran Vía abajo. Me fui, seguí mi camino. Supongo que ella también seguiría el suyo. Nadie entiende la muerte. Nadie suele sentir la muerte. Pueden enseñarte qué necesitas para vivir. Qué necesitas para sobrevivir. Pero no te cuentan qué sientes cuando alguien muere en tus brazos. O eso crees. Nunca sabré con certeza si aquella mujer vivió, murió en el aire, en el suelo, en el Samur o en mis brazos. No lo podré saber con certeza, pero a quien le interese le contaré lo que sentí cuando la agarré para girarla y le vi la cara. Una cara normal, dulce, de señora mayor. Porque nadie te cuenta el chasquido que sientes. Que te estalla al fondo de tu conciencia y te dice que ya, fin. Nadie te cuenta que sabes lo que pasa y lo que pasará. Nadie te cuenta que sientes que hay 21 gramos menos. Que se han ido y que no vuelven. Pero a nadie le gusta aceptar un no por respuesta a la primera. Hay que luchar. Que la derrota para un médico no está en la muerte tras la lucha, sino en la muerte indigna.
Fue a mis 17 años cuando descubrí que el alma podía salir del cuerpo o quedarse en él. No quería que mi alma añorase a mi cuerpo cuando llegase su hora.
No quería encarcelarla. Sino hacerla libre. Quería que la muerte me viniese a recoger de manera digna.
Ocurrido el 28 de Junio. Escrito el 29 de Junio 2010. Mapi.
Por que la Dama de Negro viene de repente. No avisa.
Y ahí estaba yo, en el suelo, con mis 17 años, pidiendo que me ayudasen a girarla para que no se tragase la lengua. Me quedé bloqueada, no supe reaccionar más allá de mi preocupación porque no se tragase la lengua. No sabía qué más hacer. Sólo sabía eso. Y que no reaccionaba, los labios se ponían morados. Alguien acercó una botella para darle agua y casi le pego un grito. Fue muy rápido, todo en menos de un minuto. Y no respondía, no había pulso, pasaron un abanico, vino un chaval que estudiaría enfermería y empezó la reanimación cardíaca. Apareció la ambulancia, con su bolsa de aire, sus parches, los municipales, le rajaron la camisa, comenzaron a luchar, apareció otra ambulancia, con la bombona oxígeno, un ECG, un desfibrilador, el chico de enfermería la intubaba, la gente se separaba. Había muchos chalecos naranja, la cinta amarilla para que no fuese un espectáculo, más médicos, tensión. Abrieron la caseta amarilla…para tener privacidad cuando se rindiesen o ellos o el cuerpo.
Yo me fui Gran Vía arriba y luego Gran Vía abajo. Me fui, seguí mi camino. Supongo que ella también seguiría el suyo. Nadie entiende la muerte. Nadie suele sentir la muerte. Pueden enseñarte qué necesitas para vivir. Qué necesitas para sobrevivir. Pero no te cuentan qué sientes cuando alguien muere en tus brazos. O eso crees. Nunca sabré con certeza si aquella mujer vivió, murió en el aire, en el suelo, en el Samur o en mis brazos. No lo podré saber con certeza, pero a quien le interese le contaré lo que sentí cuando la agarré para girarla y le vi la cara. Una cara normal, dulce, de señora mayor. Porque nadie te cuenta el chasquido que sientes. Que te estalla al fondo de tu conciencia y te dice que ya, fin. Nadie te cuenta que sabes lo que pasa y lo que pasará. Nadie te cuenta que sientes que hay 21 gramos menos. Que se han ido y que no vuelven. Pero a nadie le gusta aceptar un no por respuesta a la primera. Hay que luchar. Que la derrota para un médico no está en la muerte tras la lucha, sino en la muerte indigna.
Fue a mis 17 años cuando descubrí que el alma podía salir del cuerpo o quedarse en él. No quería que mi alma añorase a mi cuerpo cuando llegase su hora.
No quería encarcelarla. Sino hacerla libre. Quería que la muerte me viniese a recoger de manera digna.
Ocurrido el 28 de Junio. Escrito el 29 de Junio 2010. Mapi.
miércoles, 28 de abril de 2010
Mi madre, el escritor y la pluma.
Mi madre era muy moderna para su época. Leía, pensaba, no quería casarse y ponerse a copular como un conejo para tener retoños y decía a lo bajini que la libertad era lo más importante. De vez en cuando, para evitar problemas, había que ponerle un bozal en su pico de oro, porque si se hubiese escuchado una sola de sus ideas, ni ella seguiría viva ni yo estaría aquí presente.
Sobrevivió a sus ganas de decirlo todo a base de hablar con un escritor que pasaba por su pueblo de jueves a domingo para visitar a su amigo el párroco. El párroco era un amigo al que confesar, que lo mismo te contaba un chiste, que se tomaba un refresco contigo que decía misa. Las mozas del pueblo seguían reprochándole a Dios en sus oraciones que lo hubiese llamado por el camino del sacerdocio, pero qué se le va a hacer. El escritor y mi madre se conocieron por primera vez en misa, justamente. Un domingo por la mañana, muy pronto para mi concepto de domingo, se cruzaron yendo de punta en blanco a la iglesia. Ella parecía lista, una caja acorazada que se sabe que guarda algo valioso pero que es muy difícil llegar al interior. Y qué decir de él, con su pose elegante, firme, mentón alzado pero no orgulloso, paso decidido pero sin llegar a parecer un gañán, cuidado en el vestir pero sin parecer de ciudad. Era normal, a fin de cuentas. Pero os podéis imaginar la impresión que le causó a mi madre. El párroco, que de tonto no tenía un pelo, les presentó al final de la celebración, y pidió a Dios y al escritor que bailasen juntos en las próximas fiestas del pueblo.
Como quien no quería la cosa, se fueron cruzando en la tahona, en la plaza, en la fuente, en la terraza, en la calle, en los molinos de viento…
En la tahona le pasó la primera situación erótica que recuerda, que le da calores aun hoy y pide un vaso de agua, rápido. Iba ella, joven, con formas, con pelo rizado, falda de vuelo por los tobillos, manos largas y uñas cuidadas. Y cuando hablaba con la panadera para pedirle una chapata, él entró, saludó a ambas señorita y señora y se ofreció a pagarle la barra. Ella dijo que tenía dinero de su padre, y él insistió, cogió la barra de pan y se la ofreció en mano, mirándola a los ojos y poniendo la mano de mi madre entre la suya y el pan. Con las pupilas abiertas en canal y el calor de la masa aun cuajándose entre la corteza, se sintió como la molla en el horno. La harina en su palma, el contacto con la mano del escrito y el corazón a punto de desabrocharle la camisa. Aquella harina en las manos de mi madre se le quedó impregnada para siempre, creyendo que era su sustento para vivir, el calor entre alimento y carne. Sus palmas siguen siendo blancas, y sus nudillos tienen una marquita de tinta azul de pluma. Por esto supo que era escritor.
Fue tal el poder de la escena que el calor de la miga le llegó al cerebro y se olvidó de si había pagado, de si pagaba él o si de aquello que sentía era el éxtasis de santa Teresa o el pecado que tan bien sabe.
Cuando llegó a casa, el pan se había helado por dentro, ella tenía las mejillas sonrojadas y las palmas blancas.
Tras el episodio de la panadería coincidieron en misa, se miraban y él le dejó una carta en la vicaría. El párroco solo se rió para sus adentros, ni la leyó ni quiso, podía decir lo que quisiese en aquella carta, Dios ya les había dado el visto bueno. O eso o los tres lo habían interpretado así, y en esta historia la opinión de tres tiene más peso que la de uno. En la carta sólo le pedía, con letra de tango y pasión argentina, en líneas breves, cargadas de pasión y rezumando lujuria, un baile. Y eso, en 17 palabras.
En junio le concedió su baile, se entrelazaron los dedos sin querer queriendo y se recogieron pronto a casa. Eso sí, bien que saltaron por la ventana y fueron a verse en lo alto de la montañica, donde están los tres molinos.
Podría contar lo que pasó en los molinos, pero no estuve allí, o sí pero no aun, y las palabras de mi madre son más veraces.
Mi madre siempre que me ha contado esta historia me ha dicho que todo lo que soy, salió de esa noche. Que mis manchas en la piel son la harina de la tahona, que las pecas en mi espalda son de la tierra del suelo sobre la que estaban. Que mi falta de sueño y ánimo vienen de allí, y que siempre miro las estrellas aunque no salgan por pena, por esa noche. Contaba que por eso soy tan calurosa, que por eso mi mirada es tan potente y mis manos tan rápidas y sin miedo. Que por aquella noche, me he metido en problemas, que por ella no tengo padre y que por ella mi pulso es tan rápido si estoy con un hombre. Pero nunca entró en detalles.
A sabiendas de lo ocurrido, y siendo mi madre la hija del boticario, tuvieron que llevar cuidado. Al verse retraso, demora, nervios, mareos y antojo de anchoas, se verificó que había algo que ocultar. La escusa fue que querían darle una mejor educación y la mandaban a un convento, a que estudiase filosofía e historia del arte.
Mi madre lloró sola, en los molinos, en la botica, con el escritor y entre evangelio y sermón. Lloró porque se iba y no estaba con él. Otra noche, cuando se volvió a escapar, hablaron de mí. No sabían nada aun, si nacería bien, siquiera si sería niña o niño, no sabían nada. Nada excepto que no podrían criarme los dos juntos a menos que se casasen, y en eso estaban los dos de acuerdo que no lo querían.
Con una mano en su mejilla, los labios encogidos y la otra mano sobre su proyecto de barriga, mi madre le dijo que le quería. Así de simple, son dos palabras –decía mi madre- no tiene tanta complicación. Si se siente, se dice y punto. El escritor dijo que no podía seguir así, que él no podía hacerle eso a ella, que mi madre era la reina de los molinos, y que haría por ella lo que hiciese falta, que soplaría tan fuerte que las aspas se moviesen y picasen la piedra e hiciese harina de la nada. Quería que ella estuviese bien y que yo tuviese lo bueno que un niño se merece. Así que como prueba de gratitud, le puso las manos en el vientre a mi madre y le dijo que me iba a dar lo único que podía ofrecerle para que mi vida, me fuese algo más fácil.
Me dio su pluma.
Su habilidad para escribir, su ritmo y su aliento, su chispa para que las historias detonasen en su cabeza y chocasen en carambola para crear tramas. Quería que tuviese algo a lo que llamar don, ya que decía que el mayor don es una familia unida y yo eso no lo podría tener. Se agachó y dio un beso en la barriga a mi madre. Es el único beso que me dio mi padre. Entre sollozos y halagos, no dejaron aire entre ambos para abrazarse. Si pudiese ser posible, se desprenderían de los cuerpos como la serpiente de su piel para estar juntos. El silencio y un beso en la mejilla a veces son la mejor despedida.
A los 8 meses de la despedida, nació una niña sana y tez blanca, mancha en un muslo y manos cerradas. Tardaron 3 días en abrirme la palma de la mano, pues la tenía cerrada por mil demonios, protegiendo algo que nadie pude ver. Cuando me abrieron la palma, lloré y berreé, agité las piernas y combé la espalda con rabia. Rabia pura. Lloraba porque dentro de mi palma tenía el beso que me dio mi padre, y me lo quitaron.
Al abrir la palma vieron que no tenía M dibujada. Había mantenido la mano cerrada tanto tiempo que sólo se había quedado algo parecido a una A mayúscula. Por eso tengo cierta obsesión con la letra M, por que me falta entre las manos. De aquí que me junte con gente que contiene alguna M en sus nombres o apellidos, o viven en una ciudad con la M.
Mi infancia pasó en el pueblo, en la botica de mi abuelo probando en la trastienda los chupetes, que por entonces no venían envueltos, bebiendo un culín de los medicamentos, jarabes, tomando pastillas de leche de burra y en general, haciendo pequeñas faenas. Todo el pueblo me quería, era la nieta del boticario, ¿cómo no me iban a querer? Para explicar mi presencia dijeron que en el convento al que mi madre fue había un orfanato, y que cuando mi madre se iba a ir, justo trajeron a una niña abandonada por una extranjera que no tenía dinero ni para comer ella. Así que las monjas, que no tenían fondos suficientes, la aceptaron con una sonrisa pero haciendo cábalas sobre si tendrían ellas para su propio sustento. Los niños eran los primeros. Así que cuando mi madre vio la situación en la que esa bonita niña debería estar pensó que en su pueblo en la botica estaría mejor, y con las mismas, me llevaron para allá.
Así que todo el mundo me quería como la pobre niña abandonada que se supone que yo era, me mimaban y cuidaban, supliendo la falta de un padre. Realmente, mi abuelo fue mi padre, una mezcla curiosa. No sé cómo será el trato con los padres, pero dudo que sea mejor que el de los abuelos.
Cuando iba creciendo, me picaba mucho el antebrazo izquierdo. Sin saber una razón clara, el dermatólogo me mandó una crema y no funcionó, y tras algunos cuidados familiares, se dieron por vencidos y yo me quedé con mi picor en el antebrazo. Me lo rascaba por las noches, durante el día, estudiando, me lo rascaba en todo momento. Cuando tuve la varicela y se me juntó el picor con los granitos, yo no podía aguantar más. Empecé a rascarme de tal manera que me descabecé las pequeñas pústulas, luego la capa cornea, lúcida, todas, hasta que dolía, dolía pero picaba tanto que ya no podía picar más, me hervían los huesos , y rasqué hasta llegar un poco más profundo y se veía un poco de sangre. Rasqué hasta que noté un pequeño bultito imperceptible para el extranjero, y con la rabia de aquel beso robado, clavé las uñas y pincé el bulto hasta tenerlo pillado y suavemente sacarlo de mi antebrazo. El bultito pasó a ser alargado, del tamaño de un bolígrafo, luego se expandía un poco más y pasó a ser una pluma. Era la pluma que me había prometido.
Aquel instrumento de escritura que me dio antes de nacer, me acompañaría toda la vida.
*Mapi*
Para quien se sienta identificado, tenga una M en su nombre, una pluma enquistado en el antebrazo o un beso robado.
Sobrevivió a sus ganas de decirlo todo a base de hablar con un escritor que pasaba por su pueblo de jueves a domingo para visitar a su amigo el párroco. El párroco era un amigo al que confesar, que lo mismo te contaba un chiste, que se tomaba un refresco contigo que decía misa. Las mozas del pueblo seguían reprochándole a Dios en sus oraciones que lo hubiese llamado por el camino del sacerdocio, pero qué se le va a hacer. El escritor y mi madre se conocieron por primera vez en misa, justamente. Un domingo por la mañana, muy pronto para mi concepto de domingo, se cruzaron yendo de punta en blanco a la iglesia. Ella parecía lista, una caja acorazada que se sabe que guarda algo valioso pero que es muy difícil llegar al interior. Y qué decir de él, con su pose elegante, firme, mentón alzado pero no orgulloso, paso decidido pero sin llegar a parecer un gañán, cuidado en el vestir pero sin parecer de ciudad. Era normal, a fin de cuentas. Pero os podéis imaginar la impresión que le causó a mi madre. El párroco, que de tonto no tenía un pelo, les presentó al final de la celebración, y pidió a Dios y al escritor que bailasen juntos en las próximas fiestas del pueblo.
Como quien no quería la cosa, se fueron cruzando en la tahona, en la plaza, en la fuente, en la terraza, en la calle, en los molinos de viento…
En la tahona le pasó la primera situación erótica que recuerda, que le da calores aun hoy y pide un vaso de agua, rápido. Iba ella, joven, con formas, con pelo rizado, falda de vuelo por los tobillos, manos largas y uñas cuidadas. Y cuando hablaba con la panadera para pedirle una chapata, él entró, saludó a ambas señorita y señora y se ofreció a pagarle la barra. Ella dijo que tenía dinero de su padre, y él insistió, cogió la barra de pan y se la ofreció en mano, mirándola a los ojos y poniendo la mano de mi madre entre la suya y el pan. Con las pupilas abiertas en canal y el calor de la masa aun cuajándose entre la corteza, se sintió como la molla en el horno. La harina en su palma, el contacto con la mano del escrito y el corazón a punto de desabrocharle la camisa. Aquella harina en las manos de mi madre se le quedó impregnada para siempre, creyendo que era su sustento para vivir, el calor entre alimento y carne. Sus palmas siguen siendo blancas, y sus nudillos tienen una marquita de tinta azul de pluma. Por esto supo que era escritor.
Fue tal el poder de la escena que el calor de la miga le llegó al cerebro y se olvidó de si había pagado, de si pagaba él o si de aquello que sentía era el éxtasis de santa Teresa o el pecado que tan bien sabe.
Cuando llegó a casa, el pan se había helado por dentro, ella tenía las mejillas sonrojadas y las palmas blancas.
Tras el episodio de la panadería coincidieron en misa, se miraban y él le dejó una carta en la vicaría. El párroco solo se rió para sus adentros, ni la leyó ni quiso, podía decir lo que quisiese en aquella carta, Dios ya les había dado el visto bueno. O eso o los tres lo habían interpretado así, y en esta historia la opinión de tres tiene más peso que la de uno. En la carta sólo le pedía, con letra de tango y pasión argentina, en líneas breves, cargadas de pasión y rezumando lujuria, un baile. Y eso, en 17 palabras.
En junio le concedió su baile, se entrelazaron los dedos sin querer queriendo y se recogieron pronto a casa. Eso sí, bien que saltaron por la ventana y fueron a verse en lo alto de la montañica, donde están los tres molinos.
Podría contar lo que pasó en los molinos, pero no estuve allí, o sí pero no aun, y las palabras de mi madre son más veraces.
Mi madre siempre que me ha contado esta historia me ha dicho que todo lo que soy, salió de esa noche. Que mis manchas en la piel son la harina de la tahona, que las pecas en mi espalda son de la tierra del suelo sobre la que estaban. Que mi falta de sueño y ánimo vienen de allí, y que siempre miro las estrellas aunque no salgan por pena, por esa noche. Contaba que por eso soy tan calurosa, que por eso mi mirada es tan potente y mis manos tan rápidas y sin miedo. Que por aquella noche, me he metido en problemas, que por ella no tengo padre y que por ella mi pulso es tan rápido si estoy con un hombre. Pero nunca entró en detalles.
A sabiendas de lo ocurrido, y siendo mi madre la hija del boticario, tuvieron que llevar cuidado. Al verse retraso, demora, nervios, mareos y antojo de anchoas, se verificó que había algo que ocultar. La escusa fue que querían darle una mejor educación y la mandaban a un convento, a que estudiase filosofía e historia del arte.
Mi madre lloró sola, en los molinos, en la botica, con el escritor y entre evangelio y sermón. Lloró porque se iba y no estaba con él. Otra noche, cuando se volvió a escapar, hablaron de mí. No sabían nada aun, si nacería bien, siquiera si sería niña o niño, no sabían nada. Nada excepto que no podrían criarme los dos juntos a menos que se casasen, y en eso estaban los dos de acuerdo que no lo querían.
Con una mano en su mejilla, los labios encogidos y la otra mano sobre su proyecto de barriga, mi madre le dijo que le quería. Así de simple, son dos palabras –decía mi madre- no tiene tanta complicación. Si se siente, se dice y punto. El escritor dijo que no podía seguir así, que él no podía hacerle eso a ella, que mi madre era la reina de los molinos, y que haría por ella lo que hiciese falta, que soplaría tan fuerte que las aspas se moviesen y picasen la piedra e hiciese harina de la nada. Quería que ella estuviese bien y que yo tuviese lo bueno que un niño se merece. Así que como prueba de gratitud, le puso las manos en el vientre a mi madre y le dijo que me iba a dar lo único que podía ofrecerle para que mi vida, me fuese algo más fácil.
Me dio su pluma.
Su habilidad para escribir, su ritmo y su aliento, su chispa para que las historias detonasen en su cabeza y chocasen en carambola para crear tramas. Quería que tuviese algo a lo que llamar don, ya que decía que el mayor don es una familia unida y yo eso no lo podría tener. Se agachó y dio un beso en la barriga a mi madre. Es el único beso que me dio mi padre. Entre sollozos y halagos, no dejaron aire entre ambos para abrazarse. Si pudiese ser posible, se desprenderían de los cuerpos como la serpiente de su piel para estar juntos. El silencio y un beso en la mejilla a veces son la mejor despedida.
A los 8 meses de la despedida, nació una niña sana y tez blanca, mancha en un muslo y manos cerradas. Tardaron 3 días en abrirme la palma de la mano, pues la tenía cerrada por mil demonios, protegiendo algo que nadie pude ver. Cuando me abrieron la palma, lloré y berreé, agité las piernas y combé la espalda con rabia. Rabia pura. Lloraba porque dentro de mi palma tenía el beso que me dio mi padre, y me lo quitaron.
Al abrir la palma vieron que no tenía M dibujada. Había mantenido la mano cerrada tanto tiempo que sólo se había quedado algo parecido a una A mayúscula. Por eso tengo cierta obsesión con la letra M, por que me falta entre las manos. De aquí que me junte con gente que contiene alguna M en sus nombres o apellidos, o viven en una ciudad con la M.
Mi infancia pasó en el pueblo, en la botica de mi abuelo probando en la trastienda los chupetes, que por entonces no venían envueltos, bebiendo un culín de los medicamentos, jarabes, tomando pastillas de leche de burra y en general, haciendo pequeñas faenas. Todo el pueblo me quería, era la nieta del boticario, ¿cómo no me iban a querer? Para explicar mi presencia dijeron que en el convento al que mi madre fue había un orfanato, y que cuando mi madre se iba a ir, justo trajeron a una niña abandonada por una extranjera que no tenía dinero ni para comer ella. Así que las monjas, que no tenían fondos suficientes, la aceptaron con una sonrisa pero haciendo cábalas sobre si tendrían ellas para su propio sustento. Los niños eran los primeros. Así que cuando mi madre vio la situación en la que esa bonita niña debería estar pensó que en su pueblo en la botica estaría mejor, y con las mismas, me llevaron para allá.
Así que todo el mundo me quería como la pobre niña abandonada que se supone que yo era, me mimaban y cuidaban, supliendo la falta de un padre. Realmente, mi abuelo fue mi padre, una mezcla curiosa. No sé cómo será el trato con los padres, pero dudo que sea mejor que el de los abuelos.
Cuando iba creciendo, me picaba mucho el antebrazo izquierdo. Sin saber una razón clara, el dermatólogo me mandó una crema y no funcionó, y tras algunos cuidados familiares, se dieron por vencidos y yo me quedé con mi picor en el antebrazo. Me lo rascaba por las noches, durante el día, estudiando, me lo rascaba en todo momento. Cuando tuve la varicela y se me juntó el picor con los granitos, yo no podía aguantar más. Empecé a rascarme de tal manera que me descabecé las pequeñas pústulas, luego la capa cornea, lúcida, todas, hasta que dolía, dolía pero picaba tanto que ya no podía picar más, me hervían los huesos , y rasqué hasta llegar un poco más profundo y se veía un poco de sangre. Rasqué hasta que noté un pequeño bultito imperceptible para el extranjero, y con la rabia de aquel beso robado, clavé las uñas y pincé el bulto hasta tenerlo pillado y suavemente sacarlo de mi antebrazo. El bultito pasó a ser alargado, del tamaño de un bolígrafo, luego se expandía un poco más y pasó a ser una pluma. Era la pluma que me había prometido.
Aquel instrumento de escritura que me dio antes de nacer, me acompañaría toda la vida.
*Mapi*
Para quien se sienta identificado, tenga una M en su nombre, una pluma enquistado en el antebrazo o un beso robado.
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