Aunque parezca mentira, llevo 14 meses buscando la forma de hacerle saber a cierta persona que yo hace tiempo que estoy muerta. Evidentemente, yo como muerta me veo en la responsabilidad de cederle mi sitio al siguiente, es lo único que tengo que pagar por todos estos años de tan buen vivir.
El problema reside en que para ti, una persona puede estar muerta o viva. Si realmente quieres librarte de alguien sólo tienes que proyectar la secuencia ‘accidente, muerte, funeral, esquela, duelo y recuperación’ en tu indudablemente buena imaginación. Duelo para sus familiares, no tuyo, que tú si que querías librarte de él. Sólo con eso ya te lo has quitado de encima, buen trabajo.
La situación contraria es mucho más complicada. Si para ti alguien vive, no te planteas que esté muerta, menuda estupidez, entonces, ¿cómo le haces a alguien ver que otra persona está muerta? Porque veamos, tú admites la defunción y un buen día, en un conciliábulo entre conocidos, viene el enclaustrado en su conciencia y te dice que el difunto te manda recuerdos.
Ay…he aquí la cuestión.
Llegado a este punto puedo decir que me ha pasado 8 años conviviendo con el espíritu de mi madre, que no decidía a morirse. Todos lo asumimos, ella lo aceptó, con lo cual su nueva condición de muerta pasó a un plano secundario. Ella llevaba su vida normal pero muerta, no tenía ninguna identificación ergo no podía ir al hospital ni trabajar. Lo que más echaba en falta eran las visitas al centro sanitario, más por la costumbre que por las dolencias. Si iba no tenía escusa, saludaba al Doctor Esquerdo y él le decía ‘¿Qué tal está de salud ahora? ¡No se quejará!’y ella le decía ‘Qué va Doctor, si acaso me quejo de no poder quejarme con fundamento.’
Mis hijos y yo estábamos acostumbrados a su presencia, nos protegía, nos consolaba de su propia ausencia en el duelo e incluso tenía tiempo de meterse en líos con las vecinas.
El caso es que cuando yo me tuve que ir, ella no lo aceptó. Mis hijos sí, con todo el dolor de su alma, no lo quieres aceptar pero entra dentro de cualquier mente pensar que un día tus padres, se irán. Sin más. Duele mucho, pero a la vez tienes la obligación de obedecer las órdenes propias de tu madre diciéndote que seas feliz. Lo que no cabe en ninguna mente, porque no es natural ni justo ni humano, es la muerte de un hijo. Tu propia existencia de ríe de ti, hace una espiral en tu línea de vida y lo que te da, te lo quita. Mi madre estaría muerta, pero sigue siendo mi madre.
Y ahora las dos estamos muertas, yo pululo entre mis hijos ciegos ante mi presencia y tengo que hacer teatro y comportarme de manera natural con el espíritu de mi madre.
Así que me paso el día haciendo de viva para mis muertos y de muerta para mis vivos.
lunes, 30 de mayo de 2011
jueves, 5 de mayo de 2011
¿Por qué, mamá?
Pasado el mediodía, lo único que se escuchaba en el patio de vecinos era el tac tac tac de los cuchillos cortando rítmicamente alimentos para el almuerzo. Cuchillos largos, pequeños, dentados cortaban carnes magras, aguacates, cebolletas y berenjenas. Era un conversación de golpes sobre tablas de maderas y convención de niños que iban a preguntarle a sus madres que qué hacían.
Era sábado y la niña Ana fue a la cocina ante la hipnótica repetición, embobada por la peligrosidad de aquellas herramientas de asesinos y cocineros. Su madre era escritora, publicaba en algunos periódicos, freelance, blogs, charlas, pululaba por el curioso mundo de las editoriales y artículos de colaboración. Tenía cierta tendencia a insertar pequeños brillos mágicos a todas las anécdotas si es que no le convencía del todo la explicación real. Por eso, cuando su hija Ana empezaba su retahíla de ¿porqués mamá? su madre tenía que pensar qué explicación darle, como una lucha interna por contarle a su hija la verdad. Pero la verdad a veces no era ni la más justa, ni la más artística ni la más curiosa.
Para entender el “porqué mamá” de hoy había que retroceder al día anterior, intrépido flashback para alguien de 4 años, cuando volvían a casa después de pasar la tarde en casa de los abuelos. Su madre siempre iba despacio, sigilosa, un tanto insegura al volante. Le tenía demasiado respeto al asfalto y sus consecuencias. Aquella carretera entre el centro y los suburbios estaba plagada de baches, que hacían que a la niña se le subiese el estómago, que su yo se elevase por encima de su cuerpo, como un irse de sí momentáneo. Por eso le preguntó a su madre, que qué eran, baches hija, son baches, ¿y para qué mamá?, para que la gente vaya más despacio, ¿y porqué? porque a veces la gente va muy rápido y pueden tener un accidente, ¿y de qué los hacen?
-Un momento de dilema interno y da su respuesta.-
Los hacen de gente mala, dentro de lo que tú ves hay personas que han sido malas. ¿Los que hacen accidentes porque corren? A veces, también hay más gente. La mayoría de los que salen por la tele terminarán tarde o temprano siendo un bache en la carretera. ¿Y él? Sí hija, tu padre también es un bache. Yo no sé, no le conozco, pero seguro que sí.
Era sábado y la niña Ana fue a la cocina ante la hipnótica repetición, embobada por la peligrosidad de aquellas herramientas de asesinos y cocineros. Su madre era escritora, publicaba en algunos periódicos, freelance, blogs, charlas, pululaba por el curioso mundo de las editoriales y artículos de colaboración. Tenía cierta tendencia a insertar pequeños brillos mágicos a todas las anécdotas si es que no le convencía del todo la explicación real. Por eso, cuando su hija Ana empezaba su retahíla de ¿porqués mamá? su madre tenía que pensar qué explicación darle, como una lucha interna por contarle a su hija la verdad. Pero la verdad a veces no era ni la más justa, ni la más artística ni la más curiosa.
Para entender el “porqué mamá” de hoy había que retroceder al día anterior, intrépido flashback para alguien de 4 años, cuando volvían a casa después de pasar la tarde en casa de los abuelos. Su madre siempre iba despacio, sigilosa, un tanto insegura al volante. Le tenía demasiado respeto al asfalto y sus consecuencias. Aquella carretera entre el centro y los suburbios estaba plagada de baches, que hacían que a la niña se le subiese el estómago, que su yo se elevase por encima de su cuerpo, como un irse de sí momentáneo. Por eso le preguntó a su madre, que qué eran, baches hija, son baches, ¿y para qué mamá?, para que la gente vaya más despacio, ¿y porqué? porque a veces la gente va muy rápido y pueden tener un accidente, ¿y de qué los hacen?
-Un momento de dilema interno y da su respuesta.-
Los hacen de gente mala, dentro de lo que tú ves hay personas que han sido malas. ¿Los que hacen accidentes porque corren? A veces, también hay más gente. La mayoría de los que salen por la tele terminarán tarde o temprano siendo un bache en la carretera. ¿Y él? Sí hija, tu padre también es un bache. Yo no sé, no le conozco, pero seguro que sí.
lunes, 18 de abril de 2011
A Blanca.
Ahora que tus palabras son de adulto
y tus ideas están aun tiernas.
Ahora que las fronteras caen a tu paso
pisadas con andares de mujer, descalzos.
Ahora que tus curvas dominan el mundo
y tu mente precipita planes.
Ahora que tu conciencia suena a grillo
y el límite de tu concentración es rubio.
Ahora que el tiempo se frena a tus súplicas
y los días se continúan en las noches,
sin preguntas.
Ahora que parece ser que tú decides
y te toman en serio por una cifra,
ahora que tú puedes ser quien quieres,
es tu momento.
y tus ideas están aun tiernas.
Ahora que las fronteras caen a tu paso
pisadas con andares de mujer, descalzos.
Ahora que tus curvas dominan el mundo
y tu mente precipita planes.
Ahora que tu conciencia suena a grillo
y el límite de tu concentración es rubio.
Ahora que el tiempo se frena a tus súplicas
y los días se continúan en las noches,
sin preguntas.
Ahora que parece ser que tú decides
y te toman en serio por una cifra,
ahora que tú puedes ser quien quieres,
es tu momento.
sábado, 9 de abril de 2011
La casa de los Del Valle
Cuando llegaron los vientos del sur toda la situación del pueblo se trastocó. El frío se apoderó del ganado, los árboles intentaron espantarlo pagando el precio de sus hojas y el trigo se volvió azul. A las ráfagas raras y el zumbido de los pájaros cambiando su rumbo se les unieron los gritos de los niños que no tenían cereales por las mañanas. Al principio no se pudo aprovechar el trigo por el insólito cyan que cogió, lo que les dejó sin pan. Luego fueron las vacas las que empezaron a enloquecer, su leche se volvió amarga y se peleaban entre ellas hasta arrancarse trozos de piel, y de carne, hasta morir como una plaga. De repente, en este pueblo de montaña, se vieron en la necesidad de echar mano de los víveres de los graneros, de cotizar la rebanada a precio de oro y matar a los conejos que guardaban para las fiestas. Los cerdos murieron de hambre, y los niños se quejaban en casa, no iban a clase porque les faltaban las fuerzas para andar hasta la escuela, y el párroco no tenia pan de hostia para las misas, ni vino ni espíritu.
En la casa de los del Valle, Ernesto del Valle, como antiguo carnicero y padre de familia, tomó la decisión de encontrar comida. Es muy fácil plantearse una búsqueda, pero no un encuentro. Esa mañana avisó a su familia de que tomaría medidas:
-“Antes terminar con la biblioteca que mi familia pase hambre”.
Fue a la estantería, cogió uno de los mejores libros de la biblioteca, un libro de poemas y fuerza, de guerra y furia, de amistad y dolor. Ernesto mantenía que si palabras tienen que entrar en sus entrañas y pegarse a las paredes de su estómago, quería que fuesen palabras de calidad. No quería que literatura cutre y pastosa le causase una indigestión a esas alturas, que con el mal de montaña y la falta de vitaminas, sólo lo empeoraría. Cogió el libro, lo empezó a deshojar y a meterlo en una cacerola con agua y sal, y lo poco de aceite que quedaba. Cuando se coció, nos lo puso en el plato, hojas disueltas, tintadas de azul, mezcladas con el tenedor del que se escurría, justo como las verduras de hoja grande.
“Con todo el hierro de estos poemas, hoy comeremos acelgas”.
En la casa de los del Valle, Ernesto del Valle, como antiguo carnicero y padre de familia, tomó la decisión de encontrar comida. Es muy fácil plantearse una búsqueda, pero no un encuentro. Esa mañana avisó a su familia de que tomaría medidas:
-“Antes terminar con la biblioteca que mi familia pase hambre”.
Fue a la estantería, cogió uno de los mejores libros de la biblioteca, un libro de poemas y fuerza, de guerra y furia, de amistad y dolor. Ernesto mantenía que si palabras tienen que entrar en sus entrañas y pegarse a las paredes de su estómago, quería que fuesen palabras de calidad. No quería que literatura cutre y pastosa le causase una indigestión a esas alturas, que con el mal de montaña y la falta de vitaminas, sólo lo empeoraría. Cogió el libro, lo empezó a deshojar y a meterlo en una cacerola con agua y sal, y lo poco de aceite que quedaba. Cuando se coció, nos lo puso en el plato, hojas disueltas, tintadas de azul, mezcladas con el tenedor del que se escurría, justo como las verduras de hoja grande.
“Con todo el hierro de estos poemas, hoy comeremos acelgas”.
domingo, 27 de marzo de 2011
La libreta.
Había veces que me apetecía escribir como solía hacer pero no me salía. Creo que la culpa la tienen las teclas del ordenador, que no cambian al tocarlas ni se inmutan al pulsarlas. Un bolígrafo o un lápiz sin embargo chillan o gimen a cada trazo o linea. Como al escribir mucho en poco tiempo, que la tinta agoniza en el cartucho y se intenta aferrar a las paredes plasticosas para no escapar nunca. O los últimos trozos de mina inútiles que están abocados a terminar en el suelo pintando el mármol o en la basura.
Pero las teclas eran como las personas frías, que aunque las zarandees nunca te responderán ni se saldrán de sus casillas. Ese tipo de personas que te crean aversión y sacan ira de donde no hay nada y plantan intranquilidad y nervio, que ponen histérico al más manso y te dan ganas de pegar, pero esa mansedumbre se contagia y la único imaginable es una escena como cuando pegas a alguien en un sueño, que se te ralentiza el brazo y lo que pretendía ser un golpe de muerte termina siendo como intentar zurrar a una nube. Tú histerizas y el otro ni se enteró.
Intentar pelearse con el teclado es exactamente igual. Va a esterilizar cada palabra hasta hacerlas un producto en serie.
Esta es una de las razones por las que me empecé a enganchar a las libretas. Todos empezamos con un diario ignorado, plagamos las tapas de los cuadernos y humanizamos las agendas con trazos a pie de página de nuestro foro interno. De formato A4 con lineas a la apertura vertical y rasgado fácil. A las Moleskine de gomita y “clack”.
Por eso me parece mágico lo que le sucedió a Iratxe en su viaje a Madrid. En realidad le pasó en Barcelona, pero no me acuerdo de los nombres de las calles ni de dónde sucedía cada cosa, sólo recuerdo que en algún momento paró en un café de cadena delante de un famoso edificio de Gaudí. Iratxe había decidido regalarse una escapada de Semana Santa a Madrid, cogió un albergue, su mochila y se fue a conocer arte y Latina, a andar entre gatos y estatuas hasta que le pasó lo que os iba a contar.
En una esquina de Lavapiés fue a encontrarse una Moleskine negra en el suelo. Normalmente, ni te pararías, pero estando de viaje los esquemas cambian y puedes permitirte la licencia de coger una libreta que no es tuya, meter el dedo por debajo del elástico y abrir las hojas un poco envejecidas de serie para cotillear.
No era una libreta agenda ni agenda de teléfonos ni libreta de memoria. Era una biblia de frases encontradas y perfiles de transeúntes. De edificios madrileños y transcripciones de conversaciones en el metro. De bocadillos y asteriscos, notas del autor y aclaraciones.
De principio a fin la libreta le llevaba por las calles de las Madrid y sus rincones. Le mostraba paso a paso por sus ojos y sus oídos los sentidos de los paseantes.
Iratxe cogió las hojas y las siguió una a una, recomponiendo su viaje y espíritu. A sabiendas de que le estaba llevando por una ciudad que no existía, hizo como si viese los elfos haciendo un circo en Colón, y los carruajes subiendo la plaza de Santa Bárbara para subir por Génova. Se imaginó con todas sus fuerzas que se dejaba caer desde la Azotea del círculo, o que sacaban al Metro de las entrañas de la tierra y lo ponían de tranvía derribando los edificios victorianos de los que colgaban candelabros y sombreros. Hizo como si viese una estampida de búfalos por el Retiro o a unos escaladores trepando la puerta de Carlos III para besar al ángel alto. O al pobre ángel caído poniéndose en una posición más cómoda.
Fue viendo historias cruzadas durante 27 páginas, y a la siguiente no quedaba más que un resumen de porqué hacía la libreta, de cómo su autor quería cambiar la urbe para humanizarla y quitarle el gris. Que no quería que el dolor que le había causado su corazón plagase todo.
Pero las teclas eran como las personas frías, que aunque las zarandees nunca te responderán ni se saldrán de sus casillas. Ese tipo de personas que te crean aversión y sacan ira de donde no hay nada y plantan intranquilidad y nervio, que ponen histérico al más manso y te dan ganas de pegar, pero esa mansedumbre se contagia y la único imaginable es una escena como cuando pegas a alguien en un sueño, que se te ralentiza el brazo y lo que pretendía ser un golpe de muerte termina siendo como intentar zurrar a una nube. Tú histerizas y el otro ni se enteró.
Intentar pelearse con el teclado es exactamente igual. Va a esterilizar cada palabra hasta hacerlas un producto en serie.
Esta es una de las razones por las que me empecé a enganchar a las libretas. Todos empezamos con un diario ignorado, plagamos las tapas de los cuadernos y humanizamos las agendas con trazos a pie de página de nuestro foro interno. De formato A4 con lineas a la apertura vertical y rasgado fácil. A las Moleskine de gomita y “clack”.
Por eso me parece mágico lo que le sucedió a Iratxe en su viaje a Madrid. En realidad le pasó en Barcelona, pero no me acuerdo de los nombres de las calles ni de dónde sucedía cada cosa, sólo recuerdo que en algún momento paró en un café de cadena delante de un famoso edificio de Gaudí. Iratxe había decidido regalarse una escapada de Semana Santa a Madrid, cogió un albergue, su mochila y se fue a conocer arte y Latina, a andar entre gatos y estatuas hasta que le pasó lo que os iba a contar.
En una esquina de Lavapiés fue a encontrarse una Moleskine negra en el suelo. Normalmente, ni te pararías, pero estando de viaje los esquemas cambian y puedes permitirte la licencia de coger una libreta que no es tuya, meter el dedo por debajo del elástico y abrir las hojas un poco envejecidas de serie para cotillear.
No era una libreta agenda ni agenda de teléfonos ni libreta de memoria. Era una biblia de frases encontradas y perfiles de transeúntes. De edificios madrileños y transcripciones de conversaciones en el metro. De bocadillos y asteriscos, notas del autor y aclaraciones.
De principio a fin la libreta le llevaba por las calles de las Madrid y sus rincones. Le mostraba paso a paso por sus ojos y sus oídos los sentidos de los paseantes.
Iratxe cogió las hojas y las siguió una a una, recomponiendo su viaje y espíritu. A sabiendas de que le estaba llevando por una ciudad que no existía, hizo como si viese los elfos haciendo un circo en Colón, y los carruajes subiendo la plaza de Santa Bárbara para subir por Génova. Se imaginó con todas sus fuerzas que se dejaba caer desde la Azotea del círculo, o que sacaban al Metro de las entrañas de la tierra y lo ponían de tranvía derribando los edificios victorianos de los que colgaban candelabros y sombreros. Hizo como si viese una estampida de búfalos por el Retiro o a unos escaladores trepando la puerta de Carlos III para besar al ángel alto. O al pobre ángel caído poniéndose en una posición más cómoda.
Fue viendo historias cruzadas durante 27 páginas, y a la siguiente no quedaba más que un resumen de porqué hacía la libreta, de cómo su autor quería cambiar la urbe para humanizarla y quitarle el gris. Que no quería que el dolor que le había causado su corazón plagase todo.
Porque no hay dolor más grande que sentir un hueco en el pecho y la falta de pálpito en las venas.
Y ver cómo alguien sin darse cuenta pinta un mensaje de despedida en una pared, que ya es paredón, empleando tu corazón como pincel y tu sangre a tinta.
Así que de ti depende quitarme este mal sabor del pecho enseñándome una ciudad que pueda curar mi historia.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Dejándome cansada, siempre sola.
Escucho el golpetazo de la puerta,
los puntos suspensivos, los pasos,
el hielo que me cae por las mejillas,
el olvido que se vuelve más amargo.
Te vas como viniste, por la tarde.
Dejándome cansada, siempre sola,
esperando que cambiases, ¡pobre ilusa!
incrédula desgracia tu persona.
los puntos suspensivos, los pasos,
el hielo que me cae por las mejillas,
el olvido que se vuelve más amargo.
Te vas como viniste, por la tarde.
Dejándome cansada, siempre sola,
esperando que cambiases, ¡pobre ilusa!
incrédula desgracia tu persona.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Poemas de desamor y de esperanza.
Te he abandonado con las manos abiertas
y la cabeza gacha.
Con la impotencia de no poder luchar
contra mi propio dilema
contra el miedo de tener que compartir
mi vida, mi tiempo y mis días.
Te dejo compartiendo las lágrimas
que caen por las alcantarillas
y los papeles rotos que mojan las palabras.
No voy a romper los recuerdos
ni las fotos
ni los sueños en los que estabas desnud@.
No voy a manchar mis manos
con el asesinato de lo cierto
ni me limpiaré las luciérnagas
que salen de mis ojos y bailan con la luna.
Brindaré con la muerte por el insomnio
y en las tardes te dejaré notas en los árboles,
para que cada vez que acudas a nuestro parque,
veas que el amor es eterno mientras dura.
-----------------------------------
Me giraré por la calle si veo tu perfil
y no te encuentro.
Sacaré la cabeza de la bañera por si escucho tu timbrazo
en el silencio.
Haré café dulce para dos por la amargura que me causa
dormir sola.
Viajaré con la esperanza por pareja por si te encuentro
y me recuerdas.
y la cabeza gacha.
Con la impotencia de no poder luchar
contra mi propio dilema
contra el miedo de tener que compartir
mi vida, mi tiempo y mis días.
Te dejo compartiendo las lágrimas
que caen por las alcantarillas
y los papeles rotos que mojan las palabras.
No voy a romper los recuerdos
ni las fotos
ni los sueños en los que estabas desnud@.
No voy a manchar mis manos
con el asesinato de lo cierto
ni me limpiaré las luciérnagas
que salen de mis ojos y bailan con la luna.
Brindaré con la muerte por el insomnio
y en las tardes te dejaré notas en los árboles,
para que cada vez que acudas a nuestro parque,
veas que el amor es eterno mientras dura.
-----------------------------------
Me giraré por la calle si veo tu perfil
y no te encuentro.
Sacaré la cabeza de la bañera por si escucho tu timbrazo
en el silencio.
Haré café dulce para dos por la amargura que me causa
dormir sola.
Viajaré con la esperanza por pareja por si te encuentro
y me recuerdas.
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